Viaje al Castrillón meridional


Asomado a la terraza de su habitación, al viajero le parece poco probable que llueva. Hace un día ceniciento, pero ninguna de las capas de grises que se solapan en el cielo es muy oscura. Antes de partir, el viajero desayuna pausadamente colacao con unas galletas campurrianas, pocas, que no quiere que el vientre le apriete durante el trayecto. Antaño también tomaba un zumo de naranja, pero en ayunas notaba que fluía candente desde la garganta hasta la tripa, así que ahora lo deja para más tarde. Al viajero le gusta mucho el sabor de las campurrianas mojadas en el colacao.
El viajero se despide de su madre, que en ese momento está triturando en un pasapuré el tomate, la cebolla y el ajo que transforma en una salsa. También le dice adiós a su padre en el despacho de este. El progenitor del viajero está inmerso en la prensa. Lee, sobre todo, artículos de fondo. Las noticias no le interesan demasiado. En la puerta, el viajero escucha pacientemente las advertencias de su madre y le promete que no volverá tarde.
Castrillón es un país que el viajero visita con frecuencia, concretamente, Salinas, que sin ser su capital — Piedras Blancas —, es su localidad más relevante; se trata de un viaje breve, sencillo y barato que no precisa de muchos preparativos. Sin embargo, hace unos días el viajero decidió que ya tenía muy conocida la parte septentrional de Castrillón, su aire de salitre y la sombra de sus plataneros, y que debía prestarle atención a las colinas y los valles del sur.
Con su mochila en la espalda, el viajero llega al Carbayedo Nuevo, que atraviesa por la calle del Dr. Jimenez Diaz. El Carbayedo Nuevo es un ensanche del Carbayedo levantado sobre la finca de Carvajal cuando Ensidesa ya estaba consolidada. Avilés quiso entonces ofrecer a sus habitantes una mayor calidad de vida que la proporcionada por los improvisados barrios de aluvión. El Carbayedo Nuevo nació optimista y se convirtió en un espacio populoso y dinámico.
Antes de ascender por la calle Río San Martín, el viajero pasa por delante del amplio edificio de la Comisaría de la Policía Nacional, que muchos años atrás acogió al asilo de Avilés, llamado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados-Santa Teresa de Jornet. En una casa contigua vivía el capellán, que era amigo del padre del viajero. Era un cura llamado Dídimo, o mejor, don Dídimo, un hombre estudioso, siempre en casa, que abandonaba lo imprescindible. Estaba tan poco habituado a salir que el padre del viajero se fijaba en que no sabía caminar.
La calle Río San Martín es una vía de acceso a Avilés más concurrida por coches que por peatones. También es vía de salida, claro, que en Avilés dejamos a la gente irse. En la calle Río San Martín conviven la mansión de don Fulgencio, cuya decadencia desde el esplendor hasta la ruina fue tan gótica como imparable, y las viviendas de Tocote, los bloques alrededor de San José Artesano, que sacaron su nombre oficioso de la previsión por conseguir uno de sus pisos. No muy lejos se edificó Tocarate.
En Buenavista el viajero siente el sol por primera vez, un sol alto e indiferente. El azul ha reemplazado al gris en el cielo y las escasas nubes flotan dispersas. Al viajero, frente a la urbanización que se está construyendo en el terreno que fue La Arabuya, le viene a la cabeza una tragedia acontecida en ese bosque a principios del siglo XX, cuando unos niños fueron abordados por un forastero que les pidió que le indicaran unas señas. Uno de ellos, llamado Manolín, que es nombre de niño simpático y bueno, se ofreció para acompañarle y acabó asesinado a puñaladas; aquel desgraciado necesitaba beber su sangre para, creía él, curarse la tuberculosis. La abuela del viajero tenía diez años cuando el suceso y recordaba haber visto al padre de Manolín llevando su blanco cadáver en brazos.
El viajero aprieta el paso subiendo hacia La Carriona, que la salida se le está haciendo larga y aún le quedan muchas leguas por caminar. A la izquierda va dejando atrás El Corte Inglés y pocos metros después el cementerio de La Carriona, que es una necrópolis artística, un museo de muertos. A El Corte Inglés el viajero acude asiduamente, y no cree que tenga mucho que decir sobre él que no sepan los amables lectores. El cementerio lo visita muchísimo menos, aunque alguna vez se ve obligado a ir. Cuando lo hace el viajero tiene que pasar por delante de la tumba de Armando Palacio Valdés y suele leer la inscripción tomada de La aldea perdida, que es muy sugestiva.
“Viajero, si algún día escalas las montañas de Asturias y tropiezas con la tumba del poeta, deja sobre ella una rama de madreselva. Así Dios te bendiga y guíe tus pasos con felicidad por el Principado”
Cuando el viajero era niño, su padre le enseñó un ciprés en el que los entonces llamados rojos habían asesinado a un señor apellidado Cueva, al inicio de la guerra, antes de que los entonces llamados nacionales se hicieran con Asturias. Al ciprés lo rodeaba una pequeña verja circular y en la corteza del tronco se podían ver los agujeros de bala. También había algunas flores. Luego quitaron la verja, que maridaba mal con la memoria democrática, y después el ciprés. En realidad, todos los cipreses han sido podados, y los muertos avilesinos pasan la eternidad al sol, que no es ni rojo ni nacional.
En el interior de La Carriona el viajero sigue la carretera por una pequeña acera. Hay algunas casas a sendos lados, incluso un hórreo que parece abandonado, y varios muros desde cuya parte superior se asoma la hiedra. Tras un primer tramo cuesta arriba, la carretera desciende hasta La Cruz de Illas, y el viajero se pone contento porque empieza la parte rural del viaje y además, por primera vez desde que salió de casa, camina cuesta abajo.
La carretera que desde La Cruz de Illas lleva hasta El Cuadro es más ancha de lo que el viajero preveía. En los prados de siega se ven balas de paja ensiladas y cubiertas por plásticos negros. Algunas aparecen desnudas, enrolladas como alfombras. El viajero tiende a ensimismarse en sus pensamientos, pero ese día está bien atento a todo. El viajero es alto y entrado en carnes. Como muchas personas de estatura elevada tiende a inclinar la cabeza hacia adelante. También le gusta hablar solo porque así ordena mejor sus ideas y las reafirma. Lo hace murmurando, no se alarmen. En un momento dado pasa entre dos maizales — dicen que el maíz crece muy bien en Asturias —, para a continuación dejar a su izquierda una finca con unos setos muy altos que le imprimen elegancia y misterio.
En El Cuadro unas casas se apretujan cerca del campo de fútbol y la iglesia. El viajero se detiene ante la iglesia de Pillarno, un templo de tamaño considerable, con muros blancos y pilares, recercos y zócalos grises. También advierte que cuenta con una nave principal y otra delantera. Esta tiene, en su centro, un rosetón; la nave principal, un reloj. El viajero piensa en santiguarse pero decide que no hace falta. De todos modos, el viajero planea parar a la vuelta para hacer una comprobación sobre las naves. A lo mejor se santigua entonces. La iglesia de Pillarno está dedicada a la advocación de San Cipriano de Cartago, mártir de la Iglesia.
La carretera que sigue es rasa durante unos pocos kilómetros. El viajero se siente como si navegara por ella en una canoa. Le llama la atención una finca con una verja y un portón muy lustrosos. También que la yerba esté sin segar. El viajero avanza con ligereza, evitando entrar en las cuevas de Arbedales; lo que quiere ese día es caminar al aire libre oliendo eucaliptos.
Dejando atrás Moire, donde aprecia diferentes hórreos — bastante maltrechos, todo debe decirse — se terminan las fincas de recreo y de labor pero continúa la soledad y la brisa, que en Castrillón es una compañía constante y — los castellanos, extremeños y andaluces lo confirmarán — muy grata. El camino se eleva cada vez más angosto con sus recodos abundantes de helechos y zarzas. El viajero cae en la cuenta de que perfectamente podría ser víctima de un salteador de caminos que le matase apuñalándole en el hígado o hasta de un hombre-lobo que le rebanase el pescuezo a dentelladas. Luego le arrojarían a las entrañas del bosque y su cadáver sería alimento para las alimañas. El viajero piensa en los cuerpos que pueden haberse corrompido después de que los salteadores de camino les apuñalaron el hígado. O de que los hombres-lobo les rebanasen el pescuezo a dentelladas.
El último tramo de la sierra de Pulide es oscilante, lo que significa que es favorable al viajero: el sufrimiento de la subida será recompensado con el alivio de la bajada. Es un tramo abrupto con muchas curvas; los árboles se inclinan tanto sobre el camino que sus ramas acarician la cabeza del viajero, bastante calvo ya. Finalmente, aparece el área recreativa de Pulide. En un indicador de la misma alguien ha pintado una sentencia lúcida, contundente, irrebatible: Nada es eterno.
El viajero se adentra en el área recreativa, un espacio con suelo de yerba y techo de árboles frondosos. Al fondo hay un mirador desde el que se puede ver el entorno rural de Castrillón hasta llegar al mar. Pero el viajero no le presta atención hoy al mar; ha venido a sumergirse en el campo. El viajero atraviesa el terreno cruzándose con las hojas dentadas de los robles y de los olmos, que cuelgan resignadas, como si supieran que su destino es cubrir la tierra descoloridas y secas.
En una de las mesas de merendero el viajero se sienta a comer. En su mochila lleva un bocadillo de bonito envuelto en papel albal, un plátano y una manzana. La botella de agua de la que ha ido bebiendo, está ya mediada, y el viajero se alegra de que permanezca fresca, que es como cree que debe beberse el agua. El viajero no quiere dedicarle demasiado tiempo a la comida, que es algo tarde. En media hora pretende almorzar y echarse un rato. El viajero come el bocadillo y el plátano; la manzana la deja para después. Luego, tumbado sobre la yerba, oye a una tórtola cantar.
Para regresar el viajero se pone en marcha con cierta dificultad; nota las piernas entumecidas y el cuerpo cansado. Más adelante, caminando, entra en calor. El viajero siente que el viaje ya ha terminado. A partir de ese momento, y durante un buen trecho, recorrerá la misma carretera y verá los mismos paisajes, aunque sea en sentido opuesto. También caminará solo. En ningún momento se ha cruzado con nadie, salvo algunos coches. Piensa — murmurando bajito — que el problema reside en la escasez de caminantes y la abundancia de paseantes. El caminante quiere descubrir y el paseante recrearse en lo ya descubierto. Hay excepciones: Robert Waller paseaba como un caminante, pero no es habitual. Al viajero le gusta caminar y le gusta pasear, que para todo hay un tiempo, como nos enseñaron el Eclesiastés y The Byrds. A veces, el viajero fantasea con ser un vagabundo: caminar por senderos y veredas, alimentarse de los frutos de la tierra y dormir sobre yerba crecida mientras las estrellas lo observan complacidas.
Entre Moire y El Cuadro empiezan a verse algunos coches, tampoco demasiados, y sus pasajeros se quedan mirando al viajero. Este recuerda cuando eran los parroquianos los que, desde las aceras de los pueblos o las cunetas de las aldeas, se daban la vuelta al paso de un automóvil. Al llegar a la iglesia el viajero comprueba que lo que parecen naves laterales tienen ventanas y cortinas, así que no son naves laterales sino piezas anexas al templo, lo que resuelve su duda. También se ha santiguado, que no requiere mucho esfuerzo y, además, nunca se sabe.
El viajero pasa por delante del Restaurante Casa Nuevo, en El Cuadro, sin entrar en él a tomar una coca-cola, como había previsto. Casa Nuevo, al que llaman también Casa Pepón, es muy frecuentado por los amantes de la comida dominical. Siendo niño el viajero comió alguna vez en él cuando se ubicaba en una casa frente al local actual, al otro lado de una calle angosta. El Bar Nuevo, como se llamaba entonces, se hizo popular por la calidad de su comida y lo asequible de sus precios. El comedor estaba en el primer piso. Una camarera joven y de carrillos colorados ofrecía, entre otros platos, bacalado. El viajero oyó una vez a otro comensal pedir la cuenta y cuando la camarera le dijo que 1.200 pesetas o algo así, preguntó burlón: “¿Nada más?” Y es que siempre tiene que haber un tonto.
Por fin un tramo inédito desde que el viajero partió de Pulide: la carretera a Las Bárzanas. Es una carretera muy arreglada, casi como una autovía. Al viajero no le gusta caminar por ella y está deseando alcanzar el desvío a Peñarrei. El cielo vuelve a aplomarse y esta vez el viajero teme que acabe lloviendo. El ascenso hasta Peñarrei es un fastidio, pero la cercanía de Avilés resulta animosa. Las casas y fincas se suceden, y el viajero se fija en una que tiene hortensias diseminadas por toda la propiedad.
Ya está cayendo la tarde, y si no fuera verano, ya habría anochecido. El viaje a Castrillón ha ocupado todo el día del viajero. Pero no ha sido un día perdido, como los domingos de resaca. Ha sido un paréntesis, y los paréntesis sirven para aclarar y explicar. Para conocer mejor, en definitiva.
El viajero llega a Miranda a través de sus callejuelas estrechas, en las que abundan las casas con balcón. Es una tierra de artesanos e indianos, un pueblo orgulloso de su identidad, y sus habitantes prefieren decir que son de Miranda antes que de Avilés. En Miranda el viajero cae en la cuenta de que no se ha comido la manzana, pero también decide que ya no merece la pena.
Mientras desciende por La Lleda hasta El Carbayedo el viajero empieza a planear en el relato que escribirá sobre su viaje. Tal vez, piensa, podría incluir elementos de ficción, como una charla con un tractorista vestido de mono de mahón. O con una lechera que llevase un cántaro en la cabeza. O con un viejo de hondos surcos en el rostro y sentado al sol. Pero descarta la idea. Quiere que su relato constate lo que sus ojos han visto, y esas figuras ya han desaparecido, como desaparecerán las actuales. Nada es eterno.

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