Atleta


Al completar una de las vueltas empezó a preguntarse si sería la tercera o la cuarta. Le irritaba esa duda. Era muy ordenado, pero a veces el tiempo parecía rebelarse contra él. También sucedía con las distancias, que últimamente no resultaban tan largas o cortas como preveía. Ante el dilema de las vueltas decidió contabilizar la última como tercera, consideró que el espíritu deportivo le exigía ser honesto.

Entrenaba en un estadio levantado sobre un campo de fútbol en desuso. Una tribuna y un muro flanqueaban a este y oeste el césped rodeado por la pista de atletismo. Iba cada día, en torno a las ocho, a correr. Allí también solía coincidir con una chica muy joven, posiblemente adolescente, y un pequeño grupo de amigos treinteañeros. Los conocía a todos y también a otros que iban más ocasionalmente, pero no hablaba nunca con ellos. Evitaba su cercanía. Siempre temía que alguno tratara de romper el hielo, odiaba la violencia de esa situación. Además, los encontraba un tanto fanfarrones, aunque la chica le parecía seria y dedicada.

Aplicó a la carrera la planificación de costumbre: acelerar en las rectas y aminorar en las curvas, alternancia que reflejaba una metodología simple pero certera. Trotando los primeros metros incrementaba la velocidad progresivamente hasta alcanzar un ritmo ligero que mantenía hasta el final. Audaz y arrogante, sentía que rasgaba el aire.

En el resto de ámbitos de la vida también actuaba así, como en el trabajo, la actividad prioritaria de su vida. Cada mañana en el autobús empezaba a centrarse en su jornada laboral organizando mentalmente las tareas. Siempre ideaba un plan, aunque asumía los inevitables imprevistos y podía fácilmente adaptarse a la dinámica del momento. Permanecía en su asiento ensimismado y rodeado de otros pasajeros, también silenciosos, algunos adormilados. Del mismo modo, en el trayecto de vuelta se iba olvidando del trabajo, afanándose especialmente en apartar de su mente cualquier contratiempo. En media hora encerraba la mañana en un recóndito compartimento de su mente. Ya lo abriría al día siguiente.

Esa tarde la carrera le estaba resultando muy grata. Notaba sus piernas vigorosas, él mismo se sentía pleno. En esa plenitud permanecía indiferente a los demás corredores. En muy pocas ocasiones sintió la necesidad de establecer contacto con ellos. Recordaba a un tipo con sobrepeso que fue una temporada al estadio y que parecía sufrir mucho, su estado siempre era de total agotamiento. Le vendría mejor caminar, pensaba. Pero consideraba que era algo que debía entender por su cuenta. El propio cuerpo de aquel hombre se lo pedía, solo debía escucharle.

Correr le gustaba sinceramente. Concebía el entrenamiento como un fin en sí mismo, no era algo instrumental para, por ejemplo, desestresar. Se consideraba un genuino practicante del atletismo y disfrutaba repitiendo su rutina cada día. Eso sí, nunca participaba en carreras populares ni en ningún otro tipo de competición similar. Le parecían folclore. Desdeñaba las modas, como esos nombres anglosajones: footing, running. También despreciaba a los deportistas que se habían puesto a correr en el estadio nuevo. En el viejo campo de futbol él y otros pocos tenían que ensuciarse de lodo y clavar las zapatillas en los charcos ejercitándose a oscuras.

Al advertir que el sol se ocultaba tras unos edificios cercanos, miró el reloj. Las nueve. Le pareció que podía dejarlo ya. En ese momento sintió algo que siempre le hacía sonreír: no podía parar. Era una prolongación de la carrera en la que se permitía bajar el ritmo y dejaba que las propias piernas se acabaran deteniendo. Mientras tanto, le resultaba agradable notar que su cuerpo se enfriaba y que una brisa fresca, nocturna, le envolvía.

Pero esa tarde sucedió algo que no le había pasado antes. Al llegar a la altura de la tribuna trató de detenerse, pero sus piernas continuaron en movimiento. 

No podía parar.

Pese a su intención de frenar, los pies seguían saltando sobre el tartán. Pretendía sentirse divertido, pero dominar el desasosiego le resultaba difícil. Como siempre que se enfrentaba a una situación inusual, trató de encontrarle sentido. Sabía que pararse tras un tiempo corriendo se ve afectado por la inercia del cuerpo, por haber acostumbrado a este a la actividad. Lo mismo pasaba cuando se estaba de pie sin moverse durante horas: requería un esfuerzo ponerse en marcha. Sin embargo, en ambos casos se trataba de una resistencia que apenas duraba unos instantes. Esto era diferente. Y, posiblemente por primera vez en su vida, no obtuvo el sosiego habitual que resultaba de racionalizar sus problemas.

Ahora corría incómodo. Ya no había táctica ninguna. Esa situación tan insólita para él le desequilibraba. Se preguntaba si a los otros corredores les pasaba lo mismo, pero ninguno actuaba de manera inusual. Para obtener una respuesta analizó mentalmente la estructura mecánica básica del cuerpo, tratando incluso de visualizar las órdenes del sistema nervioso que llegan al aparato locomotor. Pero no encontraba ni explicaciones ni soluciones. Paulatinamente, los otros corredores empezaron a detenerse. Tenía la oportunidad de agitar los brazos, de llamarles, pero la desechó. No quería renunciar a su habitual autosuficiencia. Precisamente, le pareció que era el momento en el que debía probar su valía. Los amigos, entre bromas y risas, y la chica, a paso rápido. Todos abandonaron el estadio. Él continuaba su marcha con una sensación que empezaba a semejarse a la angustia.

Normalmente disfrutaba contemplando en el horizonte la lenta llegada de la noche, pero en esta ocasión había surgido de repente imponiendo su negritud y su silencio. Sin nadie más en la pista, pensó en diferentes opciones: provocarse una zancadilla cruzando un pie delante de otro o inclinar su cuerpo en la curva y dejarse caer contra el campo central. No lo logró. No podía hacer nada. Además, empezaba a sentir una sudoración excesiva y una molesta pesadez en la parte anterior de los muslos. Un viento untuoso le sacudía ásperamente, rematando sus molestias. A las diez se apagaron las luces del estadio. No había peligro de quedarse atrapado – si se llegaba a detener, pensó en una breve concesión al humor – porque la discreta puerta lateral contaba con cerradura únicamente exterior. Pero la salida del conserje significaba que se quedaba solo.

Progresivamente percibía que los síntomas físicos se agravaban: una sensación de inestabilidad en el cuerpo y de que la cabeza se movía dentro del cráneo. La sudoración le irritaba la piel del tronco, advertía las piernas inestables y las rodillas crujientes. El estadio permanecía inalterable, pero su estatismo resultaba hostil con su indiferencia, implacable. 

Para evadirse de aquella situación – y con la muy tenue esperanza de que así el problema se solucionase solo – trató de pensar en algo diferente. Su mente no le alejó mucho del problema: recordó cuando siendo adolescente había sufrido una lesión en una cadera. Hubo de guardar cama durante más de un mes. La primera semana disfrutó mucho en casa, pero después empezó a deprimirse al sentir que la vida continuaba sin él. Fue la única vez que sufrió una anhedonia que le mantuvo muy triste y hundido dos semanas. Cuando se recuperó, se prometió a si mismo hacer todo lo posible por seguir siempre su camino.

De madrugada, las luces de los pisos cercanos al estadio acabaron por apagarse todas, incrementando su desamparo. Llevaba horas corriendo sin parar, ¿cuánto tiempo más le quedaría así? Perdido en la oscuridad, avanzaba fácilmente por su conocimiento de la disposición ovalada de la pista, pero percibía la tribuna, con su elevada cubierta, como una estructura siniestra y amenazante. Del mismo modo, las figuras de los murales que representaban escenas deportivas en la pared oeste le resultaban monstruosas. Entonces advirtió que unas gotas de orina se deslizaban por su muslo izquierdo con la viscosidad y la negrura de la sangre.

Desprovisto de la noción del tiempo, sintió un estremecimiento al advertir luz en el horizonte. Esa esbozada, finísima, línea anaranjada le imbuía de vitalidad. Amanecía, celebró. Ya corría muy lentamente y pensó que pronto se pararía. La ironía de vivir al detenerse le hizo sonreír. Y si no dejaba de correr, pediría ayuda. Los amigos le echarían una mano, y también la chica, estaba seguro de ello. Así continuó adelante con dos únicas certezas: el cielo sobre su cabeza y la tierra bajo sus pies.



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