Viejóvenes

 

—Hombre, don Baudilio. ¿Cómo le va?

—Muy buenos días, Tony. Pues aquí vamos. Tirando, nada más.

—Yo le veo muy bien. 

—Pues diecisiete años encima, mi buen amigo. Y en noviembre dieciocho. Casi nada.

—Es una edad considerable, ya lo creo. La mayoría de edad. Yo cumplo los ochenta y nueve el mes que viene.

—Está en lo mejor de la vida, Tony.  

—Yo me siento genial, Don Baudilio. Entreno habitualmente, participo en carreras populares. Hace un par de meses competí en una media maratón y la acabé fresco y vigoroso.

—¡Una media maratón! Pues yo estoy pensando en utilizar un andador. No lo necesito, pero me daría mucha seguridad. A veces me mareo. 

—Tal vez debería acompañarlo alguien. Sus padres son aún jóvenes.

—Sí, él tiene cuarenta y cinco y ella cuarenta y dos. Pero no quiero molestarles. Les gusta salir y pasarlo bien, y no quiero que estén pendientes de este viejo.

—No diga eso. Seguro que lo harían con gusto. 

—Es que no quiero ser pesado. ¿Y usted sale mucho?

—¡Mucho! No me pierdo una fiesta rave. 

—¡Qué bien! Disfrute la juventud todo lo posible, mi apreciado Tony. 

—No es cuestión de edad, sino de espíritu. Hay gente que es joven siendo vieja y viceversa. 

—También es verdad, no se lo niego.

—Bueno, pues me alegro de verle tan bien, don Baudilio. Cuídese mucho.

—Muchas gracias, mi joven amigo. Usted diviértase, que está en la edad.

—Gracias. Y no olvide lo del espíritu. 




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