Funeral
Cada día Antonio Aller paseaba por un parque cercano a su casa, un espacio que al atardecer se llenaba de niños jugando. A sus ochenta y cinco años preferiría no salir nunca, pero se obligaba a caminar media hora al día por miedo a que el enclaustramiento afectase a su movilidad, ya mermada. Le gustaba hacerlo con todo el niñerío jugando alrededor; su alegría le evocaba los lejanos años de la infancia. Una tarde Pablo García se le acercó. Era un conocido de su misma edad al que Antonio no vio venir, porque hubiera disimulado; lo encontraba muy pesado.
—Hombre, Antonio. ¿Cómo estás?
—Bueno. Vamos tirando, nada más.
—Yo estoy fastidiado. Tengo el corazón muy débil.
—Vaya, lo siento mucho.
—No me dan mucho tiempo, apenas unos meses.
—Bueno, Pablo. Eso nunca se sabe. Yo te veo muy bien. Seguro que aún puedes dar mucha guerra.
—No creo, no. Yo siento que me queda poco. Y a propósito de eso, quisiera pedirte algo.
—Por supuesto. Dime.
—Me gustaría mucho que asistieras a mi funeral.
—Pero, Pablo, ¿cómo piensas en eso?
—Somos amigos de toda la vida, y me gustaría mucho contar contigo ese día tan especial para mí.
—Pues claro, hombre. Allí estaré. Pero no quiero que pienses en ello. Ya llegará lo que tenga que llegar. Además, puede que me muera yo antes que tú, que nunca se sabe.
Al llegar a casa Antonio le contó a su mujer, Alicia, aquel encuentro y la extraña petición. Sentado el matrimonio ante el televisor hablaba de Pablo.
—Es buena persona, pero también muy pesado. Fuimos juntos a la escuela de doña Antonia.
—Tiene que estar muy deprimido.
—Y muy loco.
La conversación continuó preguntándole Alicia si pensaba ir a ese funeral.
—Pues no creo, la verdad. Nunca he tenido mucha relación; es un conocido, simplemente. ¡Es que vaya manera de comprometerme!
Lo que no sabían los Aller es que Pablo ya había pedido lo mismo a otras personas. Tenía un listado con gente que se le iba ocurriendo. La mayoría de las peticiones habían sido hechas por teléfono y se recibieron con general estupefacción, pero, a decir de Pablo, con buena voluntad.
Luis el de Pacita, Quique, Nuria Montero, Paco el Rubio, Cuevas, los cinco hermanos Carbajal. También José Ángel el Practicante, que ahora vivía en Astorga...Así hasta casi cien personas fueron contactadas por Pablo para invitarles a su propio funeral. La reacción generalizada fue la de estupor, aunque también hubo expresiones de regocijo (el siempre guasón Pepe Gabino le respondió que tenía cita en el podólogo) y de enfado (Marinina le colgó el teléfono). Pero prácticamente todos optaron por darle "la razón del loco" a Pablo y le prometieron asistir a sus exequias.
Pablo murió cinco meses después de la convocatoria. Ese tiempo no fue de agonía ni de dolor, al contrario, estaba muy animado planeando el gran día. Era viudo y convivía con su hija soltera, Pilar, que según le confió a su prima Gely, tan ansioso estaba que casi parecía que había acelerado su propia muerte. Y eso que estaría solo de cuerpo presente.
Luis el de Pacita, Quique, Nuria Montero, Paco el Rubio, Cuevas, los cinco hermanos Carbajal. También José Ángel el Practicante, que ahora vivía en Astorga... Ninguno asistió al funeral de Pablo. Pepe Gabino sonrió con ironía cuando vio la esquela. La prima Gely y su hijo Iván fueron los únicos acompañantes de Pilar en el duelo. De hecho, Iván y el conductor del coche fúnebre tuvieron que ser ayudados a cargar el ataúd por el sacristán y un señor de gafas que pasaba por allí.
Tiempo después, Antonio Aller paseaba por el parque cuando fue abordado por una mujer. Él no la conocía, pero era Pilar, la hija de Pablo. Educadamente pero con firmeza le reprochó el incumplimiento de su promesa.
—Pero, hija. No se piden explicaciones por eso.
—Él le apreciaba.
—No sé qué decirte. Lo sentí, eso te lo aseguro.
Luis el de Pacita, Quique, Nuria Montero, Paco el Rubio, Cuevas, los cinco hermanos Carbajal. También José Ángel el Practicante, que ahora vivía en Astorga... Todos fueron contactados por Pilar, que les pedía explicaciones por su ausencia en el funeral de su padre, y todos se la quitaron de encima lo antes posible. Puede que su padre estuviera senil, pero ella era definitivamente una loca. Pepe Gabino alegó una complicación con el podólogo (casi me tienen que amputar el dedo meñique, hija).
Alrededor de dos meses después sonó el teléfono móvil de Antonio Aller mientras paseaba una tarde por el parque. Aunque indicaba desconocido en la pantalla contestó:
—Diga.
—Hola, Antonio. ¿Sabes quién soy?
—No.
—Soy Pablo.
—¿Pablo? No entiendo.
—Sí, soy yo. Pablo García.
—¿Pero qué es esto? ¿Una broma?
—No, no, para nada.
—Creía que estabas muerto.
—Y lo estoy.
—...
—Te llamo para pedirte que asistas a mi funeral de aniversario, el cabo de año.
—Pero...
—Me haría mucha ilusión que vinieras. Te aprecio, sabes.
—Sí, sí...
Luis el de Pacita, Quique, Nuria Montero, Paco el Rubio, Cuevas, los cinco hermanos Carbajal. También José Ángel el Practicante, que ahora vivía en Astorga... Así hasta casi cien personas fueron contactadas por Pablo y todas acudieron al funeral de aniversario. También Pepe Gabino, muy serio en una de las primeras filas de bancos. Pilar se sintió reconfortada por las palabras de consuelo que le habían dedicado y también se emocionó con los elogios hacia su progenitor. A Pilar le agradó también que la mayoría de los condolientes llevaran outfits oscuros. Por eso le irritó ver a Verónica la de Mateo con un chaquetón rojo, y decidió hablar con ella seriamente cuando todo pasara. Pero por lo demás se sintió muy complacida al ver lo querido que era su padre.
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