Camarero
—Mack, ¿has estado alguna vez enamorado?
—No, he sido camarero toda mi vida.
—Jajaja. Muy bueno. Pero seguro que alguna chica te trajo de cabeza.
—La verdad es que no me acuerdo.
— Sí te acuerdas, sí...
—Bueno, yo...
—Ah. Jajaja. Qué pillín el Mack.
—También fui joven, sheriff.
—Como todos.
—Sí, hubo una chica, lo confieso.
—Lo sabía, lo sabía, jajaja.
—Pero fue hace mucho, mucho, tiempo.
—Claro.
—Cierro los ojos y puedo verla.
—Ya...
—Era una mujer especial, diferente. Para mí no había ninguna igual, era la MUJER, con mayúsculas.
—Sí, bueno...
—Tenía el pelo en un punto intermedio entre el rubio y el castaño, su piel era clara y fina. Oh. Era tan distinguida. Tendría que haber visto su porte cuando iba a la iglesia presbiteriana.
—Puedes ir cobrando, Mack.
—Se llamaba Emma May Hastings. 19 años. Hija de emigrantes escoceses. Su padre era un herrero de Big Rock, Illinois, y su madre había muerto en el parto de Emma, que cuando tuvo doce años se hizo cargo de las labores del hogar atendiendo a su padre y sus ocho hermanos. Yo entonces trabajaba en el saloon de Henry Travis, aunque obviamente no la conocí allí. Emma solo salía de casa para ir a misa, y un domingo la vi por primera vez con su vestido largo, su capelina y su biblia en la mano. Allí me enamoré de ella, en aquel momento, el domingo, 7 de marzo de 1842, a las 7:54 de la mañana.
—Joder...
—Yo era tan feliz con solo verla cada domingo. Sentía como electricidad en todo el cuerpo, me estremecía. Ella tuvo que darse cuenta, estoy seguro. Yo creo que las mujeres tienen un sexto sentido, y aunque a veces exageran porque son muy presumidas, si es cierto que si una te gusta ella lo nota por mucho que disimules. (...) Yo nunca iba a su iglesia, de aquella era un episcopaliano muy estricto. Sin embargo, la religión me ayudó a establecer contacto con Emma May. Una de esas mañanas de domingo me acerqué a ella, me incliné quitándome el sombrero y le dije: "Perdone, señorita. ¿Puedo hacerle una pregunta?". Ella, un tanto azorada y con una dulce voz me respondió: "Dígame, caballero". "¿Sabe dónde podemos encontrar respuestas a las preguntas que diariamente se nos plantean?" le pregunté sonriendo. Emma May no respondió pero mantuvo su sonrisa. Yo empecé a hablarle de mi fe episcopaliana, pero sin violentarla, incluso estableciendo vínculos con el presbiteranismo. (...) Nos saludábamos cuando nos veíamos, siempre los domingos, y en algunas ocasiones me atrevía a hablar con ella, siempre sobre religión (...) Un día me decidí a escribirle para exponerle mis sentimientos. No era una carta brillante porque no tengo ninguna formación, pero me esforcé en que fuera sincera (...) Nunca recibí respuesta, pero noté que su sonrisa al saludarme después de escribirle era más cálida. ¡Oh! Estaba tan ilusionado. Todo parecía ir bien. Sin embargo, un día todo se torció. Un batallón del 2º Regimiento de Caballería se estableció en Fort Skakel, cerca de Big Rock, y entre los soldados estaba el sargento John Fawcett, el puto John Fawcett, un tipo apuesto del que no tardaron en enamorarse las muchachas del pueblo. Podía estar con la chica que quisiera, pero ¿a quién eligió? En efecto, a Emma May Hastings (...) Un día los vi a la puerta de la iglesia, él esperaba a que saliera de misa, y tras saludarla, la acompañó hasta su casa (...) A las dos semanas ya iban cogidos del brazo (...) Mira la mosquina muerta (...) Yo para ella me convertí en invisible, ya no hubo más saludos, ni más sonrisas, ni más calidez, ni nada (...) Oiga, sheriff. ¿Se encuentra bien? Esta un poco pálido.
—...
—Voy a servirle un trago. O mejor, cerraré el bar, cogeré una botella del mejor whisky y me sentaré con usted a contarle mi vida, que ya veo que le interesa mucho. Le aseguro que da para una novela. Podemos pasar la noche bebiendo y hablando. Le parece bien, ¿verdad?

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