Fritos
Juan Ramón se preocupaba. Ya era media mañana y aún no estaba inspirado. Sentado en una butaca junto a la ventana contemplaba el paisaje. Ah, Maryland no tiene la luz de Huelva, pensaba. Le costaba escribir. Además, tenía esa musiquilla metida en la cabeza, una melodía algo tonta a la que no dejaba de darle vueltas. Le había surgido la semana anterior, durante un breve viaje a Texas con unos colegas de la universidad y sus mujeres. Texas le había horrorizado. Tenía sol, sí, pero no duende. Posiblemente lo peor del viaje había sido asistir a un rodeo. Todos eran brutos: los cowboys, los toros, los caballos. En fin, para olvidar. Pero lo que no podía olvidar era esa melodía. A lo mejor debía hacer algo con ella, pensó. Entonces se levantó y se dirigió hacia el buró de la sala, tomó la pluma y, tras unos escasos minutos pensando la letra, empezó a escribir. Apenas cuatro versos, pero cuando los terminó se dio cuenta de que escribir esa estrofa le había hecho olvidar la musiquilla. Menos mal, murmuró para sí, volviendo a sentarse en la butaca para mirar el cielo celeste y limpio que envolvía su casa de Riverdale.
Unos minutos después llegó Zenobia. Estaba reventada. Las clases, las compras, las gestiones, la casa. No podía más. Y mientras este sin dar un palo al agua, el muy señorito. Coño, que había oído que Tagore hacía su cama, ponía la lavadora. Algo ayudaba. Pero este sin sangre nada de nada. Solo belleza y poesía. Y míralo ahora, dormido en la butaca como un niño. Zenobia ya sabía cómo era su sensible marido, pero siempre esperó que espabilara algo. Al menos escribía, y muy bien, pensó. Antes de ponerse a hacer la comida, Zenobia decidió sentarse en una butaca contigua a la de Juanrra, pero antes cogió el papel que había visto sobre el buró. A ver qué ha escrito hoy este. Se puso las gafas de cerca que le colgaban del cuello por un cordón y leyó:
Fritos, fritos, fritos
Fritos de maíz
Un sabor auténtico
De puro maíz.
Zenobia se sintió un poco desconcertada. Ella también era poetisa, pero su santo esposo no dejaba de sorprenderla. Le parecían unos versos tontísimos, pero lo mismo pensó de Platero y mira. Nunca se sabe. Seguramente se le ocurrieron en Houston, pensó. Cerró los ojos y sonrió pensando cómo sonarían con un acento texano, algo como fritous. No tardó en quedarse dormida. Estaba reventada.
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