Fatal
Ella
—Tía, la semana pasada conocí a un chico majísimo. Muy simpático y guapo.
—¿Ah, si?
—Hosti, tía. ¿En serio?
—Que sí, coño. Ya sabes que soy muy buena ojeadora.
—Jolín! Qué guay.
—Sí, pero lo nuestro es imposible.
—¿Por qué?
—Se apellida Gutiérrez.
—Pero, ¿qué dices?
—Ya sabes cómo soy. Tengo muchas manías.
—Yo flipo. Qué tiene de malo Gutiérrez.
—No puedo con ese apellido. Es que además de cutre es feo, coño. García o Pérez son lo que son, pero por lo menos no hieren la sensibilidad. Ni de coña sería la señora de Gutiérrez ni tendría un hijo al que los colegas llamaran Guti. ¡Qué horror!
—Y qué vas a hacer?
—Pues nada. Pasar. Hay más tíos en el mundo.
—Estás fatal, tía.
Él
—Joder, tío. El otro día conocí a una pava buenísima. Además, oye, muy enrollada.
—Ah. Que guay.
—Sí, sí. La verdad es que tuve como un flechazo.
—Coño!
—Lo malo es que no tengo nada que hacer con ella.
—Y eso? Tampoco eres tan feo.
—No es eso. Es que es un poco pija.
—Bueno, hombre.
—...y yo me apellido Gutiérrez.
—Pero...
—No puede ser, tío. Estoy seguro. Esta tía jamás tendría nada con un Gutiérrez.
—Anda ya, tío. No seas tonto.
—No soy tonto. Sé lo que me digo. Y no quiero perder tiempo ni energía con una tía que va a pasar de mí.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente.
—Estás fatal, tío.
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