Salado
Al entrar en el mar, la brisa me acaricia acogiéndome. Es una brisa suave. Avanzo entre piedrecitas y pequeñas conchas blancas diseminadas por la arena mojada. Mis pies se van hundiendo y la cenefa de espuma burbujeante de una ola alcanza en su agonía mis tobillos. El agua está fría pero no cortante. Las olas siguen muriendo en la orilla. Cuanto más me adentro, más vigorosas llegan a mis rodillas y a mis muslos.
Una de las mayores impresiones que tuve de niño fue cuando descubrí que el mar
no tiene color, que su color es el del cielo.
Las olas cada vez me golpean más alto. Cuando una me llega a la cintura, decido
lanzarme bajo la siguiente. Al hacerlo, la parte superior de mi cuerpo se
estremece. Enseguida me incorporo. El oído izquierdo se ha taponado y noto sal
en la nariz.
Para adaptarme al agua tengo que volver a sumergirme. No tardo en encontrarme
cómodo. Ahora estoy mejor dentro, con menos frío. Levanto los pies de la
arena y me pongo a flotar, dejando que las olas me balanceen.
Ya no tengo frío.
Quiero bucear. Me sumerjo y por un momento me siento aislado de todo entre la
arena y la superficie. No estoy mucho tiempo bajo el agua, pero repito la
inmersión unas cuantas veces. En la última de ellas me doy cuenta de que estoy
en línea con los bañistas más adentrados en el mar. Ya no hay olas, solo
ondulaciones que mecen mi baño.
Desde que he entrado en el agua no he pensado en nada. Los diferentes pasos que
he dado hasta llegar aquí no han sido meditados. Solo vine a bañarme. Y así,
sin pensarlo, impulsivamente, decido salir después de unos quince minutos.
Podría estar más tiempo, sí, y también menos. Simplemente, salgo.
Las olas me empujan hacia la playa mientras las gotas de agua cosquillean mis
brazos. Son olas que dejan una estela de islotes espumosos que instantáneamente
se disuelven, dejando ver entonces como debajo la arena se bate frenéticamente.
Al borde del agua hay una pareja divirtiéndose echando agua con un caldero
sobre su bebé, que se ríe nerviosamente, reflejando esa reconocible combinación
de entusiasmo y miedo de muchos niños. A su lado, dos críos de unos 5 o 6 años
han terminado una fortificación y uno de ellos se dispone a pronunciar unas
palabras en tono grandilocuente, imitando a los mayores.
Antes de irme, me detengo y miro a mi alrededor.
Es media tarde, aún quedan unas horas de sol. Todos están relajados en la arena
y en el agua. El ruido de las olas batiéndose se superpone a la algarabía de
los bañistas, al golpe seco de la pelota golpeando una pala o la gravedad del
bote del balón.
El mar llega atrevido y desafiante, la mar se retira elegante y sugerente.
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