Edificio

Tony y Lucía empezaron a salir a la semana de conocerse. Él la había atendido alguna vez en los grandes almacenes en los que trabajaba, y por eso le resultó fácil iniciar una conversación una noche en la que coincidieron en un bar de copas. Ella era rubia y de estatura media tirando a baja, a diferencia de él, alto y con el pelo castaño oscuro. Tres meses después de hacerse novios, Tony invitó a la chica a vivir a su piso, accediendo Lucía con entusiasmo. Esta se encontraba sin empleo en ese momento, pero Tony era un buen vendedor de electrodomésticos que siempre añadía alguna comisión a su salario. Además, los padres de ella tenían mucho dinero proveniente de un negocio familiar de repuestos para coche y podrían ayudarla en caso de necesidad. Por si fuera poco, la pareja, enamorada, se llevaba muy bien. Él tenía bastante mano izquierda y evitaba los conflictos. El carácter dulce de Lucía la hacía mostrarse por lo general complaciente.
Tony nunca se había relacionado demasiado con sus vecinos, pero pronto notó que a su pareja le gustaba socializar con ellos. Era frecuente que al llegar del trabajo le contará la conversación que había tenido con uno u otro al encontrarse en el portal o al coincidir regresando de hacer la compra. Por lo general, no conocía sus nombres y solo caía (no siempre) cuando Lucía se los describía. La vida social de la chica en el edificio se fue incrementando, haciéndose habitual que invitara a alguna vecina a merendar, lo que no le hacía ninguna gracia a Tony, un tanto misántropo fuera del trabajo. En una ocasión, su prima segunda Conchi, que vivía en el primero, le habló de Lucía.
—Esa novia tuya es muy maja, eh. Enseguida se ha hecho amiga de todo el mundo en el edificio, está muy involucrada con el vecindario.
Tony, que conocía muy bien a Conchi, advirtió su característico retintín.
Una tarde después del trabajo Tony propuso ir a la playa. Empezaba el verano y le apetecía darse un chapuzón. Lucía se negó. "Mira, estoy muy blanca". Tony accedió, pero se mostró muy sorprendido con el plan que le que propuso su pareja para coger color y poder ir a la playa sin llamar la atención por su blancura: "Oye, ¿por qué no subimos a la azotea y tomamos el sol allí?".
Una semana después de ponerse morenos en la azotea, Tony insistió en darse un baño en la playa. Cuando estaban en la arena, con sus toallas entre los bañistas, Lucía pensaba en la azotea.
—Es un lugar fantástico, y no solo para tomar el sol, también para hacer alguna fiesta. Ahora en verano podíamos organizar algo por la noche.
—De verdad, Luci — respondió él mientras tomaba el sol boca arriba con sus Rayban protegiéndole de los rayos—. A veces tienes cada ocurrencia...
Para estupefacción de su novio, Lucía organizó una fiesta en la azotea, engalanando el amplio espacio con decoración festiva y preparó con esmero una mesa de canapés y bebidas. El sarao tuvo escaso éxito, y Lucía lo atribuyó a ser la primera fiesta. Esperaba que el boca a oreja propiciase una mayor asistencia a la próxima.
Pese a las buenas intenciones de Lucía, el habitualmente tranquilo Tony estalló.
—Pero bueno, ¡¿qué te pasa a ti con los vecinos?! ¡Estoy hasta la polla de todo esto! Yo siempre he sido de hola y adiós, como todo el mundo aquí. ¡Es que no entiendo de qué vas!
Lucía balbuceó una respuesta sobre su deseo de agradar y relacionarse con la gente. Sin embargo había algo más que enervaba a su novio.
—¿Y quién va a pagar todo ese derroche?¿Yo? Porque a la comunidad no le voy a decir que pague una fiesta que no convocó.
Lucía se mantuvo en silencio.
El tiempo fue pasando. Tony empezó a sentirse desencantado con su novia. Era buena chica, sí, pero también rara, le costaba mucho entenderla. Un día decidió romper la relación. Ya hacía tiempo que se mostraba distante con Lucía y le pareció el momento de plantearlo.
—Pero, ¿no estamos bien? Creía que sí — inquirió ella con un tono desolado.
—Yo hace tiempo que no lo veo así. Te aseguro que intenté que esto funcionara, pero he visto que no es posible. — Tony le hablaba con circunspección, tratando de hacerse entender —. Seguir así, a la larga, sería malo para ambos.
—¿Y el edificio?¿Ahora que voy a hacer?¿Irme?¡No puedes sacarme de aquí así como así, estoy muy arraigada!
—¡¿Pero qué cojones dices del edificio?! Estamos hablando de nosotros, de nuestra relación. A quién le importa el puto edificio y los vecinos.
—Sí, lo sé, entiendo que la relación puede haberse acabado, sí, pero las cosas no son tan fáciles. Hay otras implicaciones. Yo estoy muy integrada en este entorno.
—Ya, pero el piso es mío — reaccionó Tony cortante —. Solo yo aparezco en la escritura como propietario.
—Sí, pero...
—Un día de estos, cuando yo esté en el trabajo, puedes recoger tus cosas e irte a casa de tus padres. Llévate lo que creas que es tuyo, no me importa. Mientras, yo dormiré en el sofá.
Pocos meses después de la ruptura Tony empezó a salir con una compañera de la sección de cosmética, Claudia. Morena de ojos verdes y esbelta, era desenvuelta y tenía una personalidad burbujeante. Tony disfrutaba con la intensidad de su relación. Emocionalmente, había llegado más lejos con ella que con Lucía. Aún no vivían juntos, pero tenía previsto proponérselo.
Una tarde, cuando regresaba del trabajo, Tony se encontró en el portal con Conchi, su prima.
—Oye, no sabía que te habías arreglado con Lucía — le espetó.
—¿Cómo que me he arreglado con Lucía? — respondió él sorprendido — Hace ya meses que rompimos.
—Ah. Pues yo la he visto unas cuantas veces en las últimas semanas — informó Conchi, que también estaba algo sorprendida.
Tony le pidió más información a Conchi. La había visto siempre por la mañana y en el portal, pero un día pudo observarla por la mirilla llamando a la puerta de su vecina, Ángeles, que no le abrió.
En casa Tony se sentó pensativo en el sofá del salón y no encendió el televisor, en contra de su costumbre. Vale, Lucía venía de vez en cuando al edificio para visitar a sus amigas. Tal vez subía a la azotea a tomar el aire. Era curioso, pero él ya se había percatado de que estaba chiflada. Sin embargo, algo le causaba inquietud: en los últimos tiempos había notado rarezas en la casa. Él no se fijaba en esas cosas, era un tanto desordenado y despistado, pero algunos objetos parecían cambiados. Fue entonces cuando se levantó de un brinco y se dirigió a su habitación. Tuvo un presentimiento y se confirmó al abrir la puerta del dormitorio.
La cama estaba hecha.
Él nunca hacía la cama.
Al día siguiente, Tony salió del trabajo a media mañana, plantándose rápidamente en la puerta de su casa. Se quedó un momento en silencio, calmándose. No le gustaban los conflictos, y sabía que a Lucía tampoco. Intentaría no ponerse agresivo. Inspiró.
Tal y como esperaba, Lucía se encontraba en la casa, concretamente, poniendo una lavadora.
—¿Pero qué coño haces aquí? — le preguntó él sin levantar demasiado la voz, mostrándose más sorprendido que enérgico.
Lucía, que se llevó un buen susto, no supo qué contestar. Se quedó petrificada mirando fijamente a su ex.
—Mira, Lucía. — Tony adoptó un tono paternal — No puedes venir a este piso a mis espaldas. No es normal. Tú no eres una loca, lo sé. Pero pareces querer comportarte como si lo fueras.
—No es eso. Es que estaba preocupada por ti. No se te dan bien las cosas de casa, y yo solo quería ayudarte — Lucía quiso explicarse pero balbuceaba, no resultaba convincente.
Tony puso las manos en sus brazos y mirándola a los ojos, le explicó que no era necesario. Que, aunque habían roto, seguía apreciándola y la estimaba (se cuidó de evitar el verbo querer). Sin embargo, su contacto debía enfriarse. Eso era bueno para los dos.
Lucía cogió del armario empotrado del pasillo el anorak que había dejado colgado. Tras pedirle perdón a Tony, se dirigió a la puerta. Antes de que la abriera, su ex pareja le pidió su copia de las llaves de la casa. Ella accedió.
Claudia se fue a vivir con Tony después de haber descartado el piso de ella por ser un apartamento demasiado pequeño . Prácticamente discutían todos los días (Tony reservaba su diplomacia para el trabajo), aunque la sangre nunca llegaba al río. Pese a las movidas, cada uno de ellos consideraba que había encontrado a su media naranja.
Todo transcurría sin sobresaltos en la vida de la pareja hasta que una tarde Tony se llevó un sobresalto. Estaba colocando una placa con su nombre y el de Claudia en la puerta cuando oyó a unas vecinas hablar en un piso inferior. No sabía ni quiénes eran y no prestó atención a lo que decían, pero mientras apretaba los tornillos del pequeño panel las voces iban llegando a sus oídos como una letanía hasta que, azorado, dejó de girar el destornillador.
Una de las voces era la de Lucía.
Tony se dirigió hacia la escalera, tratando de oír mejor para asegurarse definitivamente. Cuando comenzó a descender, advirtió que las dos mujeres se despedían y le pareció que la que él creía era Lucía se subía al ascensor. Al llegar al portal, la supuesta Lucía ya estaba en la calle. Tony salió por la puerta pero no la localizó entre la multitud. Realmente, ni siquiera la había visto salir.
Esa noche, Claudia y Tony comentaron lo ocurrido, aunque ella no le dio importancia y bromeó con su novio considerándolo un paranoico. Una vez apagada la luz, a Tony le costó conciliar el sueño. Había algo que le preocupaba, algo indeterminado. Desde luego era relativo a Lucía, sí, pero no sabía qué.
Luego se incorporó. Ya sabía qué era.
Sin despertar a Claudia, se puso una bata y, tras salir de la casa, cogió el ascensor. Una vez en la planta sótano caminó decidido al trastero, cuya puerta abrió y encendió la luz.
Tony se quedó flipado con lo que vio.
En aquel pequeño cubículo de diez metros cuadrados, durmiendo sobre un colchón, estaba Lucía.
—Pero, puta loca, ¡¿qué haces aquí?!
Lucía se incorporó, muy asombrada.
El rostro de Tony estaba desencajado. Ante el silencio de su ex pareja, miró con detenimiento el interior del trastero. El colchón sobre el que dentro de un saco dormía ocupaba la mayor parte de la superficie del suelo. En la pared izquierda, en una estantería, un infernillo, un plato, un vaso y cubiertos. En la estantería superior, latas y otros productos de alimentación, entre ellos, patatas fritas barbacoa. Tony recordó que eran las favoritas de Lucía.
Tras haber gritado, Tony pareció relajarse de repente. Sin embargo, estaba muy desconcertado.
—Joder, de verdad. Esto es surrealista.
Lucía permanecía en silencio, sentada en el colchón. Tony desplegó una silla de playa que estaba apoyada en la pared derecha y se sentó en ella.
—¿Llevas aquí desde que rompimos?
Lucía asintió.
—Para estar aquí, haber pillado un piso. ¿No has podido? No, es verdad que hace la tira que no hay ninguno vacío — Tony se respondió a sí mismo.
Bajo la luz de una barra fluorescente que iluminaba tenuemente aquel pequeño espacio, los dos ex novios permanecieron callados un rato corto, sin mirarse. Luego, Tony continuó.
— No lo entiendo. Es un edificio como otro cualquiera. Tus padres tienen un chalet estupendo con un jardín enorme, una pasada.
Lucía no le contestó de inmediato. Lo hizo pasados un par de minutos, cuando Tony ya no esperaba que abriese la boca.
—En esa casa que te parece tan chula lo pasé muy mal. No es que me maltrataran ni nada, al contrario, mis padres son buenas personas. Pero yo me sentía muy sola. No tenía hermanos y a mis primos nunca los veía. ¿Amigos? Los compañeros del colegio, pero para una niña jugar solo en el recreo es demasiado poco. Y luego en el verano no veía a nadie. Los pasaba en casa, salvo un par de semanas que nos íbamos de viaje. Crecí sola. Jugaba con mis muñecas haciendo uso de la imaginación, pero no bastaba. Ni siquiera podía saltar a la comba porque no tenía amigas que la agitaran. En la adolescencia comprobé que carecía de las habilidades sociales suficientes, no las había podido aprender. Entre mis compañeros había más complicidad, yo era un verso suelto. A veces salía. Cuando te conocí estaba en una pandilla con unas amigas entre comillas de la universidad, pero nunca me integré del todo. Aquello era peor que estar sola: me hacían sentir sola.
Tony la escuchaba. Una parte de él la entendía, otra creía que estaba piradísima.
Lucía continuó.
—Y luego llegué aquí. Empezaba una nueva vida, lo sentí enseguida. Y me juré que en esa vida estaría acompañada. Te tenía a ti, sí, pero tú no eres demasiado sociable, solo te enrollas mucho en el trabajo porque eres comercial. Pero yo quería formar parte de un todo, de un pequeño universo. Este edificio era el punto de partida, una comunidad de gente de nuestra edad que no se relacionaba demasiado porque nunca había roto el hielo. Yo propiciaría que se rompiera. Tendría amigos por primera vez en mi vida, y luego mi vida social se desarrollaría fuera del vecindario. Estaría integrada finalmente.
—Te entiendo, Lucía. Pero vivir en este trastero no es la solución. Voy a llevarte ahora mismo con tus padres, y luego habrá que buscar una solución a tu problema. Porque debes entender que tienes un problema.
—Pero, ¿por qué no puedo quedarme? ¿Qué más te da si nunca vienes aquí? Yo no te molesto para nada — Lucía se mostro implorante.
Tony se sintió un tanto violento ante la insistencia de Lucía, pero se contuvo.
—Vamos, coge tus cosas.
—¡¡No, no, no!! — Lucía se dejó caer sobre el colchó y, encogida de costado, se puso a llorar.
—Lucía, ¡por favor! — le pidió Tony impotente.
En aquel momento se abrió la puerta del trastero. Era Claudia. Al despertar y ver que Tony no estaba en la casa se percató de que faltaba la llave del trastero. Tony y Claudia se miraron entre ellos mientras Lucía sollozaba. No hacía falta decir nada, ella entendía la situación, por muy bizarra que fuera. Con un gesto, Claudia le pidió que esperara fuera.
Sentado en un escalón, Tony apenas advirtió el frío del mármol. Nunca había bajado a los trasteros, solo cuando el agente inmobiliario le enseñó el piso. Frente a él había un servicio comunitario. Allí debía de asearse Lucía, pensó.
Al cabo de un rato, Claudia y Lucía salieron del trastero. Habían hablado casi media hora. Tony dejó que su actual pareja controlara una situación que a él le sobrepasaba. Subieron los tres al piso. Allí, más calmada, Lucía tomó una tila que le preparó Claudia, rechazando un Orfidal. Mientras tanto, Tony se había vestido para llevar a la casa paterna a Lucía. Esta accedió. Antes de irse ambas mujeres se abrazaron y besaron cálidamente. Claudia tenía lágrimas en los ojos cuando cerró la puerta.
En media hora Tony y Lucía llegaron al chalet. No se habían dicho nada durante ese tiempo. La madre de Lucía abrió extrañada la puerta, aunque se alegró de verlos.
— Pero bueno, ¿ha pasado algo? ¿Cómo estáis? — inquirió la mujer, de pelo canoso y aspecto distinguido, aún estando en ropa de dormir, sin arreglar.
—Lucía se va a quedar aquí un tiempo. Ella le contará con calma.
A la madre se le ensombreció el rostro. ¿Habían discutido?
Cuando volvía a casa, Tony pensó estremecido en todo lo que había pasado con Lucía. Le daba mucha pena. Además, estaba tan equivocada con respecto al vecindario. Por su prima Conchi sabía que se reían de ella y la consideraban una pesada. Acababa de darse cuenta de que ella no les había dicho nada a sus padres de la ruptura, y ya hacía más de un año de la misma. El anciano matrimonio pensaban que seguían siendo pareja y vivían juntos y felices. Lucía debía ponerse en manos de un psiquiatra lo antes posible.
Al cabo de unos meses, Tony y Claudia sacaron a la venta el piso. Lo necesitaban psicológicamente. Como no pidieron demasiado dinero, se lo compró una funcionaria soltera en poco tiempo. En su nueva vivienda, un ático en las afueras, dedicaron considerables esfuerzos en la decoración. Cuando por fin las acabaron se sintieron satisfechos en su nuevo hogar.
La pareja jamás hablaba de Lucía. A veces cada uno de ellos pensaban en la chica. ¿Cómo estaría? Pero nunca lo exteriorizaban. Solo en una ocasión Claudia le dijo a Tony en broma que echaba de menos el piso y necesitaba volver a él. Él se rio con una leve mueca, pero se sintió incómodo. Claudia lamentó haber hecho aquella broma.
Tony y Claudia fueron padres de una niña al año siguiente, lo que confirmó alegremente su relación. No tardaron en plantearse la boda. Una tarde llevaron a Irene al parque. La pequeña se encontraba embobada con los patos del estanque cuando pasó por allí Conchi, que llevaba en cochecito a su hijo pequeño. Los tres se saludaron efusivamente.
Conchi quería comentarle algo a Tony, pero al estar presente Claudia, con la que no tenía mucha confianza se contuvo inicialmente. Luego se decidió.
—Oye, ¿sabes a quién se ha visto por el edificio?

Tony y Claudia sintieron un sudor frío en brazos y espalda.

—A Lucía, tu ex.
Ninguno contestó, no pudieron.
—Yo no la vi. Me lo dijo Nori, la del cuarto, y también ayer mismo María Eugenia, la viuda de Martín el de la tintorería.
Tony le dijo algo así que no sabía nada de ella, pero no quiso profundizar en el tema. Conchi se percató y poco después les dijo adiós. Tony y Claudia continuaron observando en silencio como Irene se divertía con sus amigos los patos.


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