Culpa



Nada llevó a Esther y Nacho a tener una aventura, salvo su voluntad de hacerlo. Ambos estaban casados y eran relativamente felices. Pero bastó con que un día sus miradas se cruzaran en una cena con amigos comunes para que se plantase la semilla de un deseo incontrolable y febril.

En su primera cita, en una recóndita cafetería donde discretas caricias eran insuficientes para saciar su apetencia mutua, Esther propuso verse en el piso de una amiga, Rosi, durante la pausa para almorzar en sus respectivos trabajos. Nacho, profesor, y Esther, abogada, disponían de dos horas y media.

Cuando llegó la fecha concertada y Esther abrió la puerta del piso, Nacho entró algo nervioso. Se besaron en la mejilla y ella le llevó hacia el salón-comedor. Las persianas estaban bajadas y la única luz de la estancia provenía de unos apliques dispersos por las paredes. La rubia Esther, con sus ojos color miel y una delicada bata de seda blanca, resplandecía en la penumbra.

—Había pensado en convertir la comida en una cena romántica — explicó Esther.

La oscuridad y el silencio contribuían a potenciar la intimidad, y Nacho se dejó llevar por las indicaciones de Esther, que le hizo sentarse en la mesa y sirvió el único plato (mero a la plancha con una patata al vapor) después de prender el candelabro que iluminó el almuerzo/cena. Ambos entendieron muy bien la asociación entre comida y coito, tan habitual en el erotismo. Cada bocado, cada sorbo de vino rosado, era acompañado de unas miradas en las que el rubor forcejeaba con la lujuria.

Cuando terminaron de comer ambos se dieron cuenta de que había llegado el momento que esperaban, pero hubo que postergarlo a petición de Nacho. Este sabía que podría resultar anticlimático, pero cumplía a rajatabla con un hábito.

Después de cada comida tenía que cagar.

Pese a sonreír, Esther se desconcertó. No solo le había cortado el rollo de su plan, que consistía en ir al baño ella para retocarse un poco y después, al salir, dejar caer la bata y mostrarle la belleza de su tonificado cuerpo, sino que la hacía sentirse inquieta. "¿Por qué ha cerrado con pestillo?¿Por qué tarda tanto?¿No estará cagando?" se preguntaba. La respuesta afirmativa a la última cuestión llegó al oír la cisterna dos veces.

Un aliviado Nacho apareció ante la cama, donde le esperaba Esther, sentada en el borde. Viéndole algo azorado, se levantó y le cogió por las manos. Entonces se besaron, abrazándose a continuación y cayendo sobre la cama, retozando mientras se desnudaban el uno al otro delicadamente. En la pared empezaron a dibujarse los movimientos cadenciosos de sus siluetas.

Una hora y media después, Esther, acurrucada junto a Nacho, acariciaba el torso velludo de este, un hombre moreno cetrino de estatura mediana. La excitación había dado paso a una placentera quietud, sensación que trataban de prolongar. Pero el tiempo avanzaba implacablemente y fue Esther quien propuso volver a su vida habitual.

Pese a que ella se había negado, Nacho insistió en ayudarle a hacer la cama. Primero se vistieron y tras subir él la persiana, se pusieron a la faena. Fue entonces cuando una visión les hizo detenerse durante un par de interminables segundos.

Nacho había dejado una anchoa en la sábana.

Ninguno dijo nada y continuaron en silencio y sin mirarse la tarea. Pero sus mentes estaban agitadas. "Puto cerdo, ¿es que no sabe limpiarse el culo?" se preguntaba a sí misma ella. "Esto no pasaría si hubiera toallitas húmedas, como en cualquier cuarto de baño normal" reprochaba él calladamente. Después, Esther le pidió a Nacho que se fuera primero, para irse discretamente. En realidad, había decidido quedarse para limpiar la mancha. Ni loca le dejaba aquel cuadro a Rosi.

Esa noche, en sus respectivos hogares, los dos amantes se sintieron culpables. Notaban que sus cónyuges eran más solícitos y cariñosos de lo normal y percibían que sus hijos (dos niños en el caso de Nacho y una niña en el de Esther) se mostraban irritados, como si conociesen el secreto.

Con el paso del tiempo no solo la culpa fue atenuándose sino que ambos empezaron a fantasear con volver a verse. El perro empezaba a ladrar. Sin embargo, no tardaban en visualizar aquella mácula oscura y vertical, tan poco sutil como contundente, y desechaban la idea, centrando sus pensamientos y cariño en sus seres queridos. La llama se encendió varias veces más, y siempre se apagó de la misma manera. Esther y Nacho volvieron a coincidir en otras ocasiones, pero cada vez se comportaban con más frialdad, hasta que terminaron por ignorarse definitivamente. El perro había enmudecido.

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