Adiós
—Pues verá, doctor, he llegado a la conclusión de que no quiero seguir viviendo. Soy un desastre, y creo que no tengo remedio. La del suicidio es una idea a la que ando dándole vueltas desde hace bastante tiempo. Eso sí, quiero que sea una muerte indolora. Supongo que por cobardía, lo admito, pero no quiero ahorcarme o pegarme un tiro en la cabeza. Son muertes muy violentas. Prefiero el ahogamiento o la hipotermia. Adentrarme en el mar para no salir es una idea bastante romántica. Pero nada fácil, nada.
Hace poco lo intenté, seis meses atrás. Elegí una playa que nunca he frecuentado mucho pero que me pareció adecuada por recóndita. Eso sí, tenía que emborracharme para meterme en el agua. Eso me empujaría. Pensé en dónde podía beber. Yo por allí no conozco ningún bar. Entiéndalo, paso mucho tiempo en el Facebook. Lo mejor era que comprase la bebida y me la pimplara en la playa. No era mala idea. Beber frente al mar que poco después sería mi tumba...No era mala idea.
Y llegó el día D. Me compré un par de botellas de Jameson y una Coca-cola familiar. Luego cogí
el coche con destino a la eternidad. Eran las 9 de la noche.
La playa estaba desierta, normal en un jueves de marzo. Comencé a beber cuando me di cuenta de que no había traído vaso. Eso sí que era una putada. Yo no puedo tomar el whisky a pelo, necesito mezclarlo. Pero no podía hacerlo en aquel momento. Los supermercados y tiendas estarían cerrados. Al final tuve que conducir hasta que encontré un bar, donde consumí un agua mineral. No tuve arrestos para robar el vaso, así que decidí llevarme el botellín y hacer después la mezcla.
Con mi tesoro de
plástico llegué a la playa. Una noche oscura. La luna se ocultaba tras las
nubes y el mar, en cuya superficie no brillaban las estrellas, apenas se
advertía desde el aparcamiento. Preparé la primera copa y...¡joder, qué ascazo!
¡No estaba fría! Lo siento, pero no me gustan nada las bebidas del tiempo. No
puedo, no puedo, me dan arcadas. Me había surgido un nuevo problema.
¡Necesitaba hielo! Pues nada, tenía que coger otra vez el coche e ir a una gasolinera. Cerca había una, la había visto al pasar. Me fui hasta allí con fastidio pero
decidido. ¿Y qué pasó cuando llegué? ¡Que estaba cerrada! Hay que joderse.
Cerrada una gasolinera. ¿Por qué? Creía que abrían 24 horas. Todo estaba
saliendo mal, todo, y no quería más errores. Pasé de ir a otra gasolinera.
Bebería del tiempo aunque no me gustara.
Me bajé tres cacharros (en botellín de plástico) sentado sobre la arena. Me hicieron efecto y fui directo al agua, en bolas.
Estaba fría, pero el efecto del alcohol actuaba como un motor que me impulsaba
mar adentro. No había marcha atrás. Nadé despacio dejando atrás la orilla poco
a poco. Luego, me sumergí. Adiós, mundo cruel. No recuerdo nada más. Sólo que
noté que el mar me sacudía, me tragaba pero también me escupía. Perdí el
sentido. ¿Estaba muerto?
Recuperé la
consciencia en la orilla de la playa. Estaba en pelota sobre la arena. Y no, no
había muerto. La ropa, desaparecida. Supongo que se la habrían tragado las
entrañas del mar. Todo el ajetreo me había despejado, pero seguía con la voluntad
de matarme.. Necesitaba otros copazos. Caminé hacia el coche para proveerme de
bebida. Al llegar a él me di cuenta de que otro coche había estacionado cerca
del mío. Deduje que sería una pareja...ya sabe...los cristales empañados...ya
sabe...
—Sí, sí. Continúe, por
favor.
—Pues verá, doctor,
cogí el whisky y me llevé la botella hacia el interior de la playa. Bebí dos
buenos tragos a morro y tiré para el mar de nuevo.
Estaba a punto de
bucear otra vez cuando oí unos gritos. Era la pareja del coche, que me llamaba
agitando los brazos. ¡Joder, qué pesados! ¿Pero no estaban follando? Perdón.
Bueno, sigo. Me di cuenta de que tenía que dejarlo. No iba a poner en peligro
la vida de esos chicos. Al salir del mar ellos me preguntaron si me pasaba
algo.
—No, gracias, no os
preocupéis. Solo quise darme un baño nocturno – respondí con una sonrisa para
tranquilizarlos.
—Tenga cuidado. Esta
playa es peligrosa – me advirtió él.
—Sí, y de noche más
aún – añadió ella.
Les reiteré mi
gratitud por su preocupación y me despedí rápidamente. Caminé en dirección al coche como
había hecho tropecientas veces desde hacía un par de horas. Para no complicar
las cosas a la Guardia Civil lo había dejado abierto y con la llave puesta. Me
alegré. A ver cómo volvía a casa si estuviera cerrado y la llave dentro de mi
desaparecido pantalón. Creo que fue lo último que salió bien en toda la noche.
En el asiento del copiloto había dejado una carta que con el encabezamiento en
el sobre "Sr. Juez", la rompí en varios trozos y eché éstos a un
contenedor.
De regreso empecé a pensar una excusa para explicarles a mis padres por qué volvía a casa
en bolas. Estaba en ello cuando cerca de casa me pregunté si habría
controles de alcoholemia. Sería lo que me faltaba. En aquel momento estaba
bastante bien, pero el aliento daría positivo, positivísimo. Para no correr
riesgos opté por ir una ruta alternativa. Suponía que habría menos posibilidades
de control.
¿Acerté al elegir esa
ruta alternativa? Pues no, claro que no. En seguida topé con los guardias. Chalecos reflectantes, luces, accesorios de
señalización. Me pararon, y al verme en pelotas, me hicieron salir. Luego, tras
unas preguntas en las que torpemente intenté darles una explicación, tuve que
hacer la prueba. Hallaron alcohol como para montar una licorería. Por suerte,
llevaba el carnet de conducir en la guantera y, al menos, pude confirmar mi
identidad. En eso también tuve suerte, hay que reconocerlo. Me pusieron un
multazo y me quitaron no sé cuántos puntos. Pero lo peor no fue eso, lo peor
fue que me inmovilizaron el coche.
—Usted no está en
condiciones de conducir, caballero – me dijo educado pero firme uno de los
guardias que parecía ser el jefe.
Para el tema de la
ropa y el regreso a mi domicilio me dieron la opción de llamar a alguien para que me
fuera a buscar, pero no quería molestar a nadie. Entre tanto, los guardias detuvieron a un par de coches — los
conductores y los otros pasajeros me miraban con expresiones que iban del
estupor al cachondeo — y yo aproveché el ajetreo para escabullirme.
Bajé los tres kilómetros que faltaban hasta llegar a casa en cueros. Iba como el protagonista de Un hombre lobo americano en Londres, refugiándome en los portales y avanzando cuando no se veía a nadie. Llegué a casa por fin después de medianoche.
No he vuelto a
intentar quitarme la vida más veces aunque sigo agobiado y deprimido. Le conté
todo esto a mi médico de cabecera, pero notaba que se descojonaba por
dentro cuando me escuchaba. Así que pedí consulta con un especialista en
psiquiatría y aquí estoy. Por cierto, llevo todo el rato fijándome en su identificación. ¿Qué significa
residente? ¿No es especialista?
—Soy médico interno
residente de quinto año. Estoy cursando la especialidad. Este es mi último año.
—Ah. Entiendo. ¿Y qué
piensa de lo mío?
—Pues pienso que este
año va a ser muy largo.
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