Libros


He heredado de mi padre el amor a la lectura y también a los libros. Admirador de las bibliotecas, tiene en la suya uno de sus mayores orgullos. En ella se pasa las tarde cuidando/mimando sus volúmenes: reparando los lomos desprendidos, deshaciéndose de las fundas más ajadas, limpiando los más recónditos, seleccionando los ejemplares que deben encuadernarse de nuevo, fichando en un viejo libro de contabilidad las adquisiciones o indicando en él las nuevas ubicaciones de los ejemplares cuando, por ejemplo, se ha cansado del orden de autores y prefiere el de géneros. Es fácil verlo subido a una pequeña escalera de dos peldaños marrón (era blanca pero mi madre la pintó para que no desentonase de la predominante madera) colocando o buscando algún libro.

Los libros más antiguos de mi padre están sellados con su nombre, Juan J. Pais Rodríguez. Me acuerdo de que tenía una especie de imprenta casera para fabricar sellos de caucho y un tampón. También, escritas a mano con su ampulosa caligrafía, las fechas de inicio y final de lectura. Por lo demás, no suele hacer anotaciones al texto, aunque sí marca o subraya frases. Siempre que leo alguno de los libros de mi padre percibo que está impregnado de su personalidad: casi puedo notar qué le llevó a leerlo, si le gustó o no. Esto último es fácil saberlo: a la fecha de inicio no le acompaña la del final.

La biblioteca de mi padre es una habitación a la que nunca hemos sabido cómo llamar. Inicialmente decíamos despacho, pero nunca despachó allí con nadie. Estudio suena como a apartamento. Hemos acordado que lo mejor es biblioteca, aunque tal vez estuviera mejor algo más sencillo; yo no estoy muy convencido.

En su biblioteca mi padre también tiene una buena colección de discos. La música siempre ha sido muy importante para él, una persona muy cantarina y con memoria para las letras de las canciones. En sus años mozos iba en un renqueante autobús con el coro de la iglesia de Sabugo primero y el Orfeón de Avilés después a cantar por los pueblos de la comarca. Sin embargo, hace años que dejó de asistir a teatros y conciertos. Una próstata delicada le hace difícil aguantar enteros esos espectáculos. Ahora, la música la oye en casa. Hace poco se compró un tocadiscos para sustituir al vetusto Vieta de los 60s y ha vuelto a escuchar sus vinilos, arrinconados tras la irrupción del CD.

Está muy contento.

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