Condición
El novio nunca había creído en el matrimonio, pero en parte por complacer a la novia y en parte por una suerte de inercia vital que hasta ese momento había eludido, le pidió matrimonio. Ella aceptó de inmediato, feliz, y también él se sintió contento, aunque en su fuero interno notaba un poso de amargura por haber renunciado a esa actitud de la que se sentía orgulloso y que le hacía singular en su entorno, manso seguidor de convencionalismos.
—Quiero que en el baile suene el Pavo Real, de El Puma.— le expuso ella con unos ojos especialmente refulgentes.
—¿Y eso?¿Es una broma?
—No, no. Tienes que prometerme que se escuchará esa canción.
—Sí, claro...Por supuesto...No sabía que era algo tan importante para ti.
No volvieron a hablar de ello hasta tiempo después, pero el novio se sintió bastante confuso los siguientes días.
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Al quedar cerrados los principales puntos del enlace, los novios se dispusieron a entregar las invitaciones. Comenzaron con los invitados de ella, más numerosos. Su mejor amiga les recibió en su casa una tarde.
—Ay, pues muchas gracias. Me hace mucha ilusión la invitación. Pero, eso sí, iré si me prometéis que en el baile sonará el Pavo Real, de El Puma.
—Por supuesto — respondió complaciente la novia —. Sonará y la bailaremos a tope.
El novio no salía de su asombro, el cual se incrementó con el resto de invitados, que todos pedían — más bien exigían — la canción de marras. Pensó que la novia y su familia y amigos estaban locos. Al menos, los suyos no estaba tan pirados. En los días siguientes les llamaría por teléfono, que estaba cansado de tanta visita, para quedar un día con todos y repartir las invitaciones.
—¡Hostia, tío! No puedo creer que te cases — le dijo un amigo muy cercano.
—Ya ves. Me han cazado. Vienes, ¿no?
—Sí, voy. Pero con una condición...
El novio enmudeció.
—En el baile tiene que sonar el Pavo Real, de El Puma.
—Pues anda que os ha dado con la puta canción esa — reaccionó más airado que divertido el novio —. Sí, hombre, sonará; y tres y cuatro veces si lo queréis.
Todos los invitados le pidieron con mucho interés el célebre tema de José Luis Rodríguez El Puma, todos. El novio alucinaba.
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Y llegó el día de la boda. La ceremonia resultó sinceramente emotiva y el almuerzo se desarrolló en un vibrante ambiente festivo. Los novios estaban radiantes, formando con sus familiares y amigos un entrañable grupo.
Entonces comenzó el baile.
El aplaudido vals de los novios dio paso a canciones de estilos diversos pero bailables. Los invitados se entregaban en la pista divertidos. Todo el mundo se lo estaba pasando muy bien.
Y por fin el dj pinchó el Pavo Real. Los novios estaban en ese momento sentados, departiendo con los padres de ella. El novio intuyó que la novia querría bailar y apuró la conversación. En la pista de baile los invitados lo daban todo. El novio les miraba y decía para sus adentros: "Bueno, pues ya tenéis la dichosa canción. A ver si reventáis con ella, hijos de puta".
En un momento dado, uno de los invitados de más edad se situó en el centro de la pista contoneándose cómicamente. El resto de los bailarines lo rodearon y empezaron a dar las palmas. Durante unos segundos, el novio lo perdió de vista, desaparecido entre el corro de palmeros. Al echarse el grupo hacia atrás, pudo ver como las ropas de aquel hombre se encontraban en el suelo pero él había desaparecido. El novio estaba perplejo, no solo por la repentina volatilización del anciano sino porque la gente seguía bailando como si tal cosa. Y entonces ocurrió algo que hizo que sus ojos se abriesen más si cabe, hasta el punto de casi salirse de las órbitas.
De entre las ropas del viejo emergió un pavo real.
Era un pavo real común, con su altiva cabeza y su coloridas plumas. El novio se quedó alucinando con lo que consideró un simpático número de prestidigitación, un detalle de la organización. Era ocurrente, sí, pero que le aspasen si comprendía la fijación que tenía todo el mundo con el pavo real.
La canción de El Puma parecía no acabarse nunca. Todos continuaban con el baile y, de pronto, el novio vio como otro invitado se desplomaba. Nuevamente, de entre la ropa surgió un pavo real. Y esto sucedió otra vez y otra y otra. ¿Qué estaba pasando? El novio no salía de su asombro mientras veía como los invitados mutaban en chillones pavos reales que se agitaban desplegando sus alas y coloreando la pista de baile con el estridente azul cobalto de su plumaje. Paralizado, el novio apenas pudo girar la cabeza levemente buscando a la novia cuando se encontró con un pavo real apoyado en el respaldo de la silla mientras el vestido se encontraba desparramado. Entonces el novio se incorporó y se dio la vuelta. Estaba tan enajenado en ese momento que pensó en abrir el ventanal y arrojarse al vacío, pero cuando se disponía a girar la manilla se detuvo ante la imagen que le devolvía el cristal. Era la mirada, terrorífica en su vacío e impasibilidad, de un pavo real.
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Primero, todo era negro. Luego, los colores, agitados y violentos, se apoderaron de su mente hasta dar paso a un blanco que comenzó apagado y terminó intensificándose, contundente, abrumador. Era la luz de la mañana. El novio abrió los ojos y se encontró en la habitación nupcial, tumbado en la cama mientras la novia se cepillaba el pelo frente al espejo del tocador. Ella notó que se había incorporado y se volvió hacia él con su sonrisa franca y feliz de recién casada.
—Vaya nochecita, eh— le dijo entre cómplice y divertida.
Luego la novia se levantó y se acercó al novio. Resplandeciente con su camisón blanco, le tomó la cabeza dulcemente entre sus manos, susurrándole al oído:
—Chevere, chévere, chévere, chévere, chévere, chévere... au, au.
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