Santos

 

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan 
a lomos de mula vieja.

Y no conocen la prisa
ni aún en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día, como tantos,
descansan bajo la tierra.

SOLEDADES

Antonio Machado.




Cada dos o tres meses llevo a mi madre a limpiar la sepultura familiar, en San Juan de la Arena. Desde hace veinte años, más o menos, seguimos una rutina. Yo me encargo de arrancar la hierba que ha crecido por las juntas del suelo de la tumba — en ocasiones tengo que aplicar silicona con una pistola — y después voy con un caldero a buscar agua a un grifo aledaño a la capilla situada al fondo del cementerio. Cuando tras un par de viajes, mi madre considera que no necesita más agua, ella continúa sola con la limpieza. No quiere que yo la ayude; me imagino que querrá quedarse un rato a solas con sus seres queridos.

Nuestra sepultura se encuentra en la mitad del pasillo central, en el lado derecho. Es un típico sepulcro de mármol blanco. Allí están los restos de mis abuelos maternos, José Antonio y Luisa, y de un hermano de esta, Valentín, bajo una cruz un poco más alta que las de las tumbas que la rodean — a ella suele atarse el cable de la megafonía que se utiliza en el responso del Día de Todos Los Santos —. Mi abuelo y mi tío abuelo murieron de manera repentina, relativamente jóvenes, y no tengo ningún recuerdo de ellos. En cambio, mi abuela fue como mi madre, y prácticamente el único familiar con el que he tenido una relación estrecha en toda mi vida. Ella nos dejó anciana, tras una larga y dura enfermedad. Aunque era una mujer muy simpática, de risa contagiosa, siempre la conocí vestida de luto o alivio, y al morir mi abuelo tomó la costumbre, como otras viudas del pueblo, de acudir diariamente al camposanto. Las tres personas que reposan allí eran gente sencilla y buena, muy buena. Por desgracia, tuvieron una vida dura, en la que el trabajo del amanecer hasta la puesta de sol era una constante solo pespunteada brevemente por festividades que disfrutaban con genuina alegría. 

Voy a pasear mientras mi madre se queda en el cementerio. Como he podido constatar muchas veces, La Arena ya no tiene la vitalidad de antaño. En el trayecto hasta la rula, al otro lado del pueblo, no me tropiezo con nadie, literalmente. Es cierto que la rehabilitación de muchas casas lo ha embellecido, pero también es un lugar mucho más gélido, casi mortuorio. Las ciudades han devorado a los pueblos; posiblemente en el futuro se devoren a si mismas. Nuestro mundo hace mucho que ha empezado a morirse. 

En la rula ya no están los pescadores de antaño. Los recuerdo. Hombres recios de manos nudosas y rostros curtidos por el sol y el salitre. En verano, a través de sus camisas abiertas se podía ver la piel blanca del torso que contrastaba con el moreno de caras y brazos. Eran marineros que nunca se bañaban en la playa, y que en todo caso metían los pies en el agua ennegrecida remangándose el pantalón. Ya no queda ninguno.

Me siento un rato en un banco frente a la rula. Ante mí, el río Nalón, que viene con toda su carga de carbón y folklore desde las montañas y los hayedos de Caso hacia su manriqueño final en el Cantábrico. No hay ningún barco pesquero amarrado en el muelle. En tiempos pasados eran abundantes las embarcaciones de cabotaje. La mayoría de los arenescos iban "a la mar" y en el pueblo de la otra orilla del Nalón, San Esteban, había un fecundo puerto carbonero. En muchas ocasiones, la muerte surgía despiadada y enterraba en las entrañas del mar a los hijos de La Arena. Valentín, el tío de mi madre antes citado, murió en un naufragio de su motora en las cercanas aguas del Cabo Vidio, en Oviñana. El cuerpo de uno de sus dos compañeros, Finín, quedó atrapado en las redes y Valentín apareció en Lastres, tras recorrer su cadáver durante una semana la costa asturiana. El cuerpo del tercero, el Requeté, nunca fue encontrado.

Cuando regreso al cementerio, mi madre ya ha terminado la limpieza. Ambos nos santiguamos y nos quedamos un rato. Yo rezo en silencio sentidamente un Padrenuestro tratando de asimilar intensamente cada verso, y estoy seguro de que mi madre hace lo mismo. Mientras nos vamos comento con ella que han talado los cipreses que se extendían a lo largo del muro.

Al salir de La Arena de regreso a Avilés me pregunto quién se encargará de atender nuestra sepultura el día que faltemos. Yo podré reemplazar a mi madre — con menos destreza aunque también con cariño —, pero después, ¿quién? Supongo que el mármol de la tumba empezará a ennegrecer y las baldosas del suelo a resquebrajarse. Con los años nadie sabrá quiénes están enterrados allí, sólo serán unos nombres que no significarán nada para quienes los lean, seguro que casualmente. El tiempo pasa lenta pero implacablemente y, al menos en este mundo, es difícil encontrar vida después de la muerte.



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