Puerta
Para mi querida amiga Alma Álvarez.
Martes, 9 de abril de 1996, 14:28 horas.
Esta historia, que narra un hecho enigmático que veintiséis años después no ha tenido una explicación satisfactoria y concluyente, arranca un anodino martes de abril, un día que debía ser como cualquier otro en la vida de Antonio Huerta Rodríguez y Rosa Gómez Alfaro. Estos, profesores en el avilesino colegio San Fernando, se dirigieron a su vivienda en la cercana avenida Fernández Balsera, número 26, a la hora del almuerzo. Un recorrido breve en el que las fachadas de los edificios, los coches, la calzada e incluso el césped de las zonas ajardinadas estaban impregnados de una grisura melancólica.
Al llegar a la puerta del 6ºD, donde residían, Antonio introdujo la llave en la cerradura, la giró hacia la derecha y se sorprendió de que la llave no abriera la puerta. Lo intentó repetidas veces, pero sin resultados. Rosa sacó su llave del bolso y realizó, también sin éxito, la misma operación. Ambos se miraron con sendos gestos de incomprensión. La madre de ella, Virginia, se encontraba en el interior, pero postrada en la cama por una enfermedad degenerativa.
Aguardaron a que su hija, Valeria, llegara del colegio sin mucha esperanza de que la llave de la chica abriera.
Antonio estaba resfriado. Estornudó varias veces mientras esperaban.
—¿A quién se le ocurre estar a la corriente?— le regañó con acidez Rosa
—Es que fue un viento que se levantó de repente anoche. Un viento muy fuerte. Además, no sabía que la ventana estaba abierta; la dejaste tú - se explicó Antonio.
—Sí, échame a mí la culpa.
Valeria se mostró guasona cuando salió del ascensor y vio a sus padres sentados en la escalera.
— Esto ha sido un alumno descontento que nos ha metido silicona en la
cerradura. ¿Habéis cateado a mucha gente esta evaluación?
El fracaso de Valeria al intentar abrir la puerta no por esperado fue menos decepcionante. Ahora no tenían más remedio que avisar a un cerrajero.
Rosa llamó a su madre, que tenía un móvil en la mesita de noche, para tranquilizarla.
— Está bien, hija.
— Ahora mismo viene un cerrajero y nos abre. Antonio ha bajado al portal, que donde los buzones hay pegatinas anunciándolos.
El fracaso de Valeria al intentar abrir la puerta no por esperado fue menos decepcionante. Ahora no tenían más remedio que avisar a un cerrajero.
Rosa llamó a su madre, que tenía un móvil en la mesita de noche, para tranquilizarla.
— Está bien, hija.
— Ahora mismo viene un cerrajero y nos abre. Antonio ha bajado al portal, que donde los buzones hay pegatinas anunciándolos.
Cuarenta y cinco minutos después, un corpulento treinteañero con bigote estaba ante la puerta del 6º D del número 26 de la avenida Fernández Balsera. Con profesional seriedad examinó la puerta y empezó a tratar de abrirla. Para ello utilizó diferentes métodos. Girar la llave mientras agitaba el pomo no fue efectivo, así que probó a darle patadas al tiempo que empujaba el pomo. Minutos más tarde, el cerrajero probó a tratar de vencer a la irreductible cerradura introduciendo un carnet plastificado por la ranura de la puerta. Nada. La llave se movía unos centímetros pero no abría. Media hora después anunció con su inalterable expresión circunspecta:
—Voy al coche a por el taladro.
Mientras el cerrajero bajaba por el ascensor, Antonio y Rosa comentaron lo cara que le iba a salir lo que ellos llamaban "la broma". Valeria hablaba por teléfono con su abuela para tranquilizarla por los golpes en la puerta. Los tres se sentían bastante ansiosos y querían estar cuanto antes en casa.
Para utilizar el taladro hubo que pedirle a los vecinos del 6ª E, cuya puerta era perpendicular a la de Antonio y Rosa, que les dejaran enchufarlo en su casa, a lo que Patricio y Mari, una simpática pareja octogenaria, accedieron obsequiosamente. El cerrajero aplicó el taladro a la cerradura y la herramienta empezó a actuar con su habitual estridencia. Varios vecinos se acercaron a ver qué pasaba y se ofrecieron para lo que necesitara la familia del 6º D. Sus ofrecimientos fueron recibidos por gratitud, comentándole Rosa a su marido que le daba mucha vergüenza armar todo ese alboroto.
Una aburrida Valeria se había puesto a mirar las silenciosas azoteas de los edificios contiguos asomada a la ventana de la escalera.
Tras otra media hora larga con el taladro, el hombre enviado por Pablemi 24 horas se rindió. Apartando el taladro de la puerta miró al matrimonio que le había contratado y les dijo, de manera grave pero serena:
—Este es un caso para Deditos.
Antonio y Rosa se miraron entre ellos con expresiones de incomprensión.
—¿Deditos? - inquirió Antonio.
—Sí, esta puerta está muy difícil. Nunca había visto un caso igual - respondió el cerrajero
Luego volvió a hacerles las preguntas con las que había iniciado su relación profesional con la familia Huerta-Gomez. ¿Habían dejado la llave puesta por la parte interior de la cerradura?¿Se les había roto alguna vez una llave dentro? Antonio y Rosa sintieron que el cerrajero pretendía trasladarles a ellos la culpa de su fracaso profesional, pero no protestaron. No querían más problemas.
Continuaron con Deditos.
— ¿Es un cerrajero? - preguntó Rosa.
— No.
— ¿Trabaja en una empresa de puertas o algo así? - Antonio relevó a su mujer en el improvisado cuestionario.
— No.
— ¿Y en una carpintería? - Valeria se incorporó al turno de preguntas desde la escalera.
— No.
El cerrajero se dio cuenta de que estaba siendo demasiado escueto en sus respuestas, así que optó por desvelar el misterio en torno a Deditos.
— Es un experto en cerraduras, el más capaz que he conocido, una leyenda. Sin embargo, no trabaja de manera...a ver...ortodoxa.
Antonio y Rosa pusieron cara de extrañeza.
— ¿Han oído hablar de la banda de Nerón?
Sí, habían oído hablar de la banda de Nerón.
16:19 horas.
Rosa se negó tajantemente a recurrir a un delincuente para resolver el problema. Antonio guardó silencio porque en cierta medida entendía los alegatos del cerrajero en favor del que parecía un maestro en el arte ferretero. Que sí él lo conocía, que si con Nerón solo reventaba cerraduras...Nada. Rosa se negó. El cerrajero decidió entonces que su tarea ya había terminado y optó por irse. No les cobró nada, recomendándoles que avisaran al 112.
Unos quince minutos después, dos policías locales, un hombre y una mujer, llegaron al sexto piso, donde les esperaban Antonio y Rosa. En ese tiempo, Valeria se había ido a casa de una amiga, Marina. Sus padres la animaron a que comiera algo en una cafetería, un pincho o incluso un plato del día, pero la chica se negó. No tenía hambre. Ya merendaría después en casa.
Los policías escucharon al matrimonio y se interesaron por la anciana madre de Rosa. Esta les informó que en su habitación tenía agua y alimentos (pastas y bombones que habían traído diferentes visitas), así como su medicación. Al menos en algo estaban de suerte: la anciana no era diabética.
— Si solo han probado con un cerrajero podemos intentar una segunda opción. Si no funciona, habría que llamar a los bomberos.
El matrimonio, que no había dicho nada de Deditos, asintió, aunque se mostró bastante escéptico.
Un nuevo profesional trató de forzar la cerradura de los Huerta-Gómez, bastante deteriorada pero aún resistente, sorprendentemente resistente. Los policías locales habían llamado a la comisaria y allí les dieron el nombre de Santiago, que se presentó casi una hora después de ser avisado. Antonio y Rosa rechazaron la invitación de sus vecinos de esperar en su casa. Querían estar allí.
Santiago actuó de manera prácticamente idéntica al cerrajero de Pablemi 24 horas, fracasando de igual manera.
— ¡¿Pero que coño pasa?! ¿Es que nadie puede abrir esa puta puerta? - Antonio se había alterado.
Santiago mantuvo la calma.
— Es muy extraño. Tendría que abrir; de hecho, lo que hizo el anterior compañero ya bastaba para que cediese. Nunca me había pasado nada así.
—¿Y ahora que tenemos que hacer?¿Llamar a los bomberos? - preguntó agobiada Rosa -. Con todo lo que acarrea. Tendrán que cortar la calle...¡Madre mía!
— Bueno, verán...Podría hacerse algo. ¿Han oído hablar de Deditos?
20:54h
Antonio y Rosa estaban cansados y agobiados; llevaban más de seis horas en la planta sexta del edificio, un espacio rectangular con suelo de baldosas de terrazo beige moteadas de marrón y zócalos verdes con motas negras. La pared, de una textura similar al gotelé, está pintada de amarillo en su mitad inferior y de blanco en la superior.
Todo muy 70s, muy Cuéntame.
Deditos hizo su aparición casi dos horas después de haber sido avisado. Era un hombre de aspecto melancólico, bajito y gris, de unos sesenta años. Muy elegante, llevaba traje y camisa de color gris, con un abrigo negro sobre los hombros. Una gorra de espiga gris cubría su cabeza. Acompañándole, dos hombres jóvenes y fornidos. Deditos hablaba poco, solo lo imprescindible. Escuchó la exposición de los hechos que le hicieron Antonio y Rosa y, sin ni siquiera mirar a la puerta, les respondió tristemente:
-Yo no puedo hacer nada.
— ¡Pero si no lo ha intentado! - protestó Rosa -.
Deditos argumentó su decisión hablando despacio:
— Por lo que me han dicho, los cerrajeros han seguido el procedimiento habitual. Si ellos no han podido hacer nada, yo tampoco podré.
— Esos especialistas nos han dicho que si alguien puede abrir esa puerta es usted - Rosa insistió.
— Eso era antes. Verán — Deditos se explicaba con suavidad pero con convicción — Tiempo atrás había técnicas que solo sabíamos unos pocos. Sin embargo, ahora ya las conoce todo el mundo que se dedique a la cerrajería. Les digo con seguridad que yo tampoco puedo abrir esa puerta.
—Pero... — dijo Rosa.
— No insistan por favor. Yo no hago milagros. Buenas noches.
Deditos tomó el ascensor seguido por sus acompañantes. Estos no habían abierto la boca en ningún momento.
Nuevamente solo, el matrimonio se quedó un rato en silencio. Ambos sabían que no quedaba más opción que llamar a los bomberos, aunque lo habían querido evitar. Fue Antonio el que lo propuso.
— ¿Van a venir ahora los bomberos? ¿Todo el mundo en casa y nosotros armando este ajetreo? - Rosa no estaba conforme-. En todo caso llamamos por la mañana, que hay más actividad en la calle y pasamos más desapercibidos. Mira, hoy dormimos en casa de tu hermana y mañana temprano volvemos y resolvemos este asunto.
— ¡Tú y tus complejos! - reaccionó Antonio — Bueno, como quieras. Pero jaleo tendremos de todas maneras. Esta calle es estrecha, solo tiene una dirección. Tendrán que cortarla para que opere el camión de bomberos.
Rosa pensaba en su madre. Sin embargo, la tranquilizaba saber que tenía comida y bebida, además de pañales que ella misma podía cambiarse, aunque con dificultad. La llamó para comunicarle que esa noche la pasarían en casa de Marga, en la cercana calle Severo Ochoa.
— Está bien. Ojalá pudiera levantarme para abrir desde dentro esa dichosa puerta — respondió Virginia —. A ver si mañana todo se arregla. Siento daros tanto la lata.
— No das ninguna lata, mamá. Son cosas que pasan, aunque esto es rarísimo.
Rosa y su madre se despidieron. La mujer no quiso decirle nada a su hija para no preocuparla, pero se sentía angustiada, y no sabía por qué. Tenía miedo, incluso, en algunos momentos, terror.
Miércoles, 10 de abril de 1996, 8:32 horas.
Una vez el camión de bomberos se hubo detenido frente al portal del número 26 de la avenida de Fernández Balsera, el oficial al mando, Javier Hevia, subió al 6º piso para ampliar la extraña información que le habían dado desde la centralita del 112. Junto a él, dos bomberos que también escucharon la explicación que les dieron Antonio y Rosa sobre aquella puerta que no abría. Varios vecinos llegaron a interesarse por lo que estaba sucediendo, pero una pareja de policías municipales que se presentaron minutos después decidieron despejar la zona para facilitar la tarea de los bomberos.
Hevia y sus hombres trataron de derribar la puerta golpeando la cerradura con un hacha y una maza sin resultado. Expeditivo, el oficial decidió cambiar de estrategia para no perder tiempo. Pensó en entrar por una ventana interior. Rosa le explicó que había dos que daban al patio de luces y que se podía acceder a ese patio por la ventana del 6º C. Sin embargo, los vecinos estaban ausentes.
— Está bien. Entraremos con la escalera mecánica por la ventana exterior — concluyó el oficial Hevia.
Numerosos curiosos se hallaban en la calle. Hevia se subió con un bombero a la cesta de la escalera giratoria y esta empezó a elevarse mientras la plataforma giratoria viraba hacia la ventana del 6º piso. Todo iba bien hasta que, de repente, la plataforma se detuvo.
— ¡¿Qué cojones pasa ahora?! — Hevia preguntó por el walkie al bombero que accionaba la escalera.
— No lo sé, jefe. Esto no va.
Tras varios intentos infructuosos, Hevia decidió replegar la escalera. Por suerte, esa operación sí pudo ser llevada a cabo.
Antonio y Rosa, mientras, permanecían en la escalera junto a su casa. Ambos se ausentaban de su trabajo — con la comprensión de la dirección del colegio —, aunque habían sido muy estrictos a la hora de ordenar a Valeria que fuese a clase, pese a las protestas de esta.
Llevaban tanto tiempo junto a esa puerta cerrada, que les parecería un milagro que abriese.
Hevia y los dos bomberos que siempre le acompañaban volvieron al 6º piso e informaron al matrimonio de la misteriosa avería de la escalera y de que la siguiente opción era entrar en su casa rapelando desde el piso superior.
10:42h
Una vez que Prieto, el bombero designado por el oficial Hevia para acceder a la vivienda descendiendo por cuerda, hubo enganchado el mosquetón a un clip de su pantalón, se dispuso a rapelar desde el piso 7º. La cuerda se sujetó firmemente a un barrote de la terraza y el descenso de Prieto duró apenas unos segundos.
La ventana del 6ºD no estaba cerrada por dentro — las hojas estaban simplemente allegadas —, por lo que el bombero no tuvo ninguna dificultad para abrirla y ascender.
El oficial Hevia, en la terraza del 7º, esperaba por el walkie talkie que su hombre se pusiera en contacto con él. Pasaron unos cinco minutos minutos.
Y entonces sucedió.
Un grito, un grito horrible, una especie de chillido agudo y penetrante.
La voz era de mujer.
Rosa lo oyó desde la escalera. Saltó hacia la puerta e intentó abrirla empujando el pomo y dando patadas; se puso muy excitada, histérica.
—¡Mamá, mamá! — gritó.
Antonio también quiso derribar la puerta a patadas pero no fue capaz. Entonces rodeó con sus brazos a su mujer, que había estallado en llanto.
—Tranquila, tranquila...
— Pero, ¡¡¿qué está pasando?!! — preguntó Rosa llorando, muy nerviosa.
Los bomberos que estaban en la terraza del piso superior se miraron entre ellos muy extrañados. Hevia intentó contactar con su subordinado.
—¡Prieto, Prieto! ¿Me recibes?¿Qué ha sido ese grito?
Un nuevo grito, este más seco y potente, llegó a través de la ventana exterior.
La voz era de hombre.
—¡¡Prieto!! ¡¡Contesta, joder!! — Hevia gritó a través del walkie.
No obtuvo respuesta.
Elías, uno de los compañeros de Prieto, se dispuso a atarse la cuerda para descender pero Hevia se lo impidió.
— ¡Ni hablar! No va a bajar nadie. Voy a suspender el operativo. Aquí está pasando algo muy raro y no voy a poner en peligro a nadie más.
Antonio y Rosa seguían en la entrada de su casa, muy impresionados, abrazados. Al otro lado de la puerta solo había silencio.
11:14
Coches de Cuerpo Nacional de Policía empezaron a llegar a Fernández Balsera, 26, una vez que Hevia llamó al jefe de Bomberos de Avilés para comunicarle lo sucedido y sugerirle que se pusiera en contacto con el comisario avilesino. Este, sorprendido por lo que le contaba el jefe de bomberos, decidió avisar a la Jefatura Superior, en Oviedo.
En el edificio, mientras, había bastante agitación, y se rumoreaba entre los vecinos que todos iban a ser evacuados.
Antonio y Rosa estaban recibiendo visitas que se interesaban por ellos. Entre ellas la de Victoria, una anciana amiga de Virginia, la madre de Rosa. Victoria, mujer muy religiosa, hizo una sugerencia al matrimonio que dejó a este un tanto estupefacto.
Victoria les propuso rezar un rosario.
Como ya lo habían probado todo sin éxito, aceptaron.
Eso sucedió a las tres de la tarde. A las cuatro, ya se habían colocado 10 sillas, que ocuparon sendas mujeres mayores, todas amigas de Virginia y Victoria.
Victoria, de pie ante la puerta, comenzó:
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios Nuestro...
Antonio y Rosa eran católicos no practicantes, pero se unieron a los rezos. Una señora a la que conocían vagamente les dejó un rosario.
Señor Mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor Mío...
Dos policías locales se encontraban situados detrás de las sillas; escuchaban el rosario en silencio y respetuosamente.
Victoria dirigió el rosario, que fue seguido por las orantes con devoción. A la enunciación de los misterios, cada una de ellas rezaba las correspondientes oraciones. El rosario finalizó con la letanía de la Santísima Virgen.
Las mujeres se despidieron de Antonio y Rosa con palabras de ánimo y prometiéndoles seguir orando por ellas.
Antes de marchar, Victoria roció la puerta con agua procedente del río Jordán. Intentaron abrirla, pero no cedió.
17:25
Tres furgones de la Unidad Intervención Policial salieron de Oviedo con destino a Avilés. Tenían instrucciones de asaltar la vivienda. Durante el trayecto, los policías comentaron la extrañeza de la misión que tenían encomendada.
Mientras tanto, en el 5º D, justo debajo del piso infranqueable, Juan Pais, un joven estudiante, veía en su habitación una película en su vídeo VHS. En un momento dado, Juan notó un fuerte viento que golpeaba vigorosamente las ventanas. No entendía cómo surgía tan repentinamente; ya había pasado la noche del domingo al lunes. Se asomó y vio como la ventisca agitaba con violencia las farolas de la calle.
Al volver a tumbarse en la cama para seguir viendo la película, Juan notó unos fuerte golpes que parecían provenir del piso de arriba. Extrañado, salió de su habitación y caminó por el pasillo de su casa hacia la puerta.
Confirmado, los golpes venían del piso de arriba.
Juan cogió las llaves de su casa y salió de ella. A continuación, subió por las escaleras. En aquel momento, no había nadie en el rellano. Antonio, Rosa y Valeria estaban en casa del matrimonio descansando un rato y los demás vecinos habían regresado a sus casas. Unos policías hacían guardia en el portal.
Mientras ascendía, Juan notó que eran portazos lo que oía. El viento sacudía una puerta. Al llegar al 6º se quedó petrificado.
¡Era la puerta del 6º D!
Juan se sentía demasiado intrigado como para no dirigirse al interior de la vivienda.
Al empujar la puerta - muy deteriorada por la caña que le habían dado - se sintió como Arturo extrayendo la espada Excalibur. Luego avanzó por el pasillo de la casa, cuya distribución conocía por ser idéntica a la suya. Juan sabía que Virginia dormía en una habitación interior, a la derecha del pasillo.
Al situarse bajo su umbral se detuvo horrorizado.
En la cama estaba Virginia, boca arriba y con una expresión de horror. Unas espeluznantes incisiones atravesaban su cara. Eran verticales, como provenientes de la hoja de un hacha. El rostro de Virginia estaba totalmente cubierto de sangre, que empapaba la parte superior de su camisón y había salpicado la pared.
Juan notó como su cuerpo se enfriaba súbitamente.
Cuando se disponía a irse para avisar del hallazgo, notó que su pie derecho chocaba con algo. No se veía mucho — la persiana estaba bajada, aunque entraba luz de otras habitaciones —, pero primero comprobó que se trataba de una bota y luego ya vio que era un bombero.
Prieto estaba también muerto, tumbado decúbito supino.
Juan encendió la luz y vio algo que le impresionó sobremanera.
Un hacha estaba clavada en la cara del bombero.
Estaba hundida con tanta violencia que casi le había partido la cabeza en dos mitades.
Epílogo.
Nadie supo nunca por qué el bombero Rafael Prieto Méndez mató a hachazos a Virginia Gómez Benavente para luego volver el hacha contra si mismo quitándose la vida. Prieto era un hombre joven, de treinta y cinco años, casado y con un hijo, y a decir de todos era valiente y bondadoso, muy afable e integrado en su entorno. Según las investigaciones de la Policía, no conocía a Virginia. Lo sucedido no tenía ninguna explicación, salvo que sufriera un repentino brote psicótico, algo puesto en duda por los que conocían a Prieto
La misma tarde en que Juan Pais descubrió los cuerpos, Rosa decidió que nunca volvería a vivir allí. Ni siquiera cogió ropa o enseres. Simplemente se fue con su marido e hija. Primero se trasladaron a casa de Marga, la hermana de Antonio, y posteriormente alquilaron un piso en una alejada zona de Avilés.
Antonio y Rosa encargaron una puerta nueva, pero no estuvieron presentes durante su instalación. La vivienda estuvo a la venta tres años pero en ese tiempo no solo nadie lo compró, sino que ningún potencial comprador se interesó por él.
Ventiséis años después de aquel inexplicable suceso, el piso 6º D continúa vacío.
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