Profesor
Al director Pfaffenhofen le encantaba hacer un alto en sus tareas cada tarde a las cinco. Durante un rato largo, sentado en una coqueta mesa camilla junto al ventanal con vistas a la Landshuterstrasse, Pfaffenhoffen merendaba pausada y deleitosamente chocolate con un abundante trozo de quarkspeise que le servía el ama de llaves del gymnasium Herzogenaurach, Frau Schmidt, que también había preparado amorosamente la merienda a su idolatrado director. Alcanzada ya la venerable edad de 45 años, Pfaffenhofen tomó la decisión de incrementar su ya proverbial templanza con el propósito de evitar que el tiempo avanzase demasiado deprisa — al contrario que los ansiosos, siempre viviendo en el futuro —y poder disfrutar de los placeres que la vida le brindaba, que en su caso se referían especialmente a la música, disciplina de la que era profesor en el gymnsium del que también era director en la ciudad de Unterschleißheim
Corría la primavera de 1935 cuando una tarde Pfaffenhofen advirtió, durante la merienda, la llegada al centro de uno de sus profesores más peculiares: el nervioso y extraño profesor de dibujo, Adolf Hitler. A Pfaffenhofen nunca le había acabado de caer bien. En realidad no le trataba mucho ni sabía gran cosa de él. Austriaco de nacimiento — aunque se enfadaba mucho cuando salía el tema, puesto que se consideraba alemán —, se formó en la Academia de Bellas Artes de Viena, donde había sido admitido en lo que fue considerado por muchos colegas como un ejercicio de indulgencia por parte del tribunal de acceso, y tuvo que renunciar a vivir de la pintura debido al escaso reconocimiento de su trabajo. Empleado como profesor en el gymansium desde unos diez años atrás, se le notaba amargado por lo que consideraba un trabajo inferior a su talento. Además, en los últimos días se había visto envuelto en una desagradable polémica con unos de sus alumnos. Precisamente por ello, Pfaffenhofen le había citado esa tarde para discutir el asunto.
—Herr direktor, mis respetos.
El profesor Hitler se presentó ante Pfaffenhofen tras haber sido anunciado por Frau Schmidt con la habitual discreción de esta, aunque el director y el ama de llaves se habían cruzado fugazmente una mirada cómplice y desaprobadora inadvertida por el recién llegado.
—Herr Hitler. Me alegra que haya aceptado reunirse conmigo.
—No podía negarme, señor.
—Tome asiento, por favor.
—Gracias.
—Tengo aquí una botella de licor de hierbas endulzado de reciente aparición. Es un regalo de mi amigo el pastor Müller. Se llama Jägermeister.
—No, gracias. No bebo.
—Es verdad, no me acordaba.
Pfaffenhofen comenzó una breve charla introductoria que Hitler seguía con intención, aunque según se desarrollaba el director advertía que su interlocutor se tensaba. Mientras hablaba, Pfaffenhofen estudiaba su aspecto, reparando en la tosquedad subyacente bajo el flequillo y el cuadriculado bigotito, tan distinto al elegante mostacho de puntas curvas de Pfaffenhofen. Lo que más le llamaba la atención, siempre lo había hecho, era la intensa mirada azul del profesor Hitler.
La razón de la reunión entre ambos docentes era el suspenso con el que Hitler había calificado a uno de sus alumnos, Isidor Cohen. Según el estudiante, el suspenso se había debido a un motivo racial: Cohen era judío.
— No es cierto. El dibujo que el alumno Cohen presentó a la prueba era de baja calidad.
—A otros profesores no les parece que sea un mal trabajo. Al contrario, según ellos "Niños jugando en el Bar Mitzvá" representa una escena costumbrista pintada con talento.
—¡Es propaganda! — bramó Hitler —. Una adulteración del arte.
—No exagere, hombre.
—No, no exagero. Usted no lo quiere ver. En realidad, la mayoría de la gente no lo ve o no quiere verlo. Pero la judería internacional siempre está atenta para poder introducirse en nuestra cultura y contaminarla.
Pfaffenhofen dudó en la manera de afrontar el problema. No sabía si rebatir las afirmaciones antisemitas de Hitler o centrarse en evidenciar la injusticia del suspenso a un trabajo que objetivamente merecía el aprobado e incluso una calificación superior. Optó por lo segundo creyendo que el fanatizado profesor reaccionaría más mesuradamente, pero casi fue peor. Hitler se puso a hablar con frenesí, llegando en un momento dado a ponerse en pie gesticulando como un iluminado.
—¡¡Usted cree que Cohen es un chico inocente, pero no lo es!! ¡Cohen pertenece a una raza malvada cuya avaricia y sed de poder han provocado la decadencia de nuestra sagrada Alemania! ¡La judería ha causado una tuberculosis racial de la nación, y para erradicarlo es preciso que el antisemitismo conduzca a una lucha sistemática y legal por la erradicación de aquellos privilegios de que gozan los judíos sobre otros extranjeros que viven entre nosotros! ¡Su objetivo final debe ser la remoción total de todos los judíos de nuestro seno! ¡Ambos objetivos sólo pueden ser alcanzados por un gobierno de fuerza nacional, no por un gobierno de impotencia nacional!
Hitler continuó su enfebrecido discurso unos quince minutos mientras Pfaffehofen le escuchaba muy asombrado. Cuando terminó, el director, hablando pausadamente, le advirtió que no podría aceptar más comportamientos injustos hacia ningún alumno.
—Yo actúo como me dicta mi conciencia y el amor a mi patria, herr direktor.
Tras estas palabras, Hitler dio media vuelta y abandonó el despacho dejando a Pfaffenhofen pensativo y triste. Sabía de una ideología racista pujante en algunos puntos de Europa, como en Italia, donde el duce Mussolini y su fascismo gobernaban el país con puño de hierro, aunque resultaba tranquilizador el progresivo aislamiento del país alpino y la ausencia de homólogos en el resto de Europa. "Menos mal que Hitler no gobierna Alemania..." pensó con una triste sonrisa dibujándose en su rostro.
Al día siguiente el profesor Hitler no se presentó en el gymnasium, y Pfaffenhofen supo entonces que no volvería. La vida en el centro continuó y la polémica con Cohen fue superada, obteniendo una nota alta el alumno por parte de un tribuna especial de revisión.
Un año después, el director Pfaffenhofen se trasladó de Unterschleißheim a Munich para dirigir un céntrico gymnasium muniqués. Lo había solicitado porque ansiaba residir en la capital bávara, tan abundante en orquestas y teatros. Frau Schmidt se fue con él e incluso se instaló en su casa, en un amplio piso en Ludwigstrasse, que se encargó de llevar con su habitual buen juicio. La relación entre ambos siempre había sido distante y respetuosa. Por su parte, Pfaffenhofen nunca había tenido ningún interés amoroso en aquella mujer bajita pero rotunda, de rostro sonrosado y agradable, aunque muy reservada. El último amorío de Pfaffenhofen, con la delicada mezzosoprano Magdalene Latek, tuvo lugar casi veinte años atrás. Desde entonces solo amó a la música. Pero también sentía que debía tener un gesto con aquella buena mujer que entregadamente le había atendido en los últimos años, una suerte de dignificación. Por ello, un día, después de que ella le sirviera el tradicional chocolate con quarkspeise, Pfaffenhofen le pidió a Frau Schmidt que tomara asiento, algo totalmente excepcional, y después de una breve y bastante torpe charla, le pidió matrimonio. La reacción de la mujer fue sorpresiva pero casi inmediatamente afirmativa. Él la miró por primera vez a los ojos detenidamente y pudo advertir que se encontraba más feliz de lo que su discreción le permitía demostrar.
Como los recientes señor y señora Pfaffenhofen no era conocidos en Munich, nadie hizo comentarios maliciosos sobre el ascenso social de la señora, que ahora acompañaba a su marido del brazo a diferentes actos sociales ataviada con elegantes vestidos. Una noche, a la entrada de la ópera, a Pfaffenhofen le llamó la atención un pintor que dibujaba la fachada iluminada del Teatro Nacional de Munich iluminando el lienzo con un aparatoso sombrero cuya copa llevaba incorporado, rodeándola, un armazón de velas encendidas. Le vio desde lejos, pero le pareció que era Adolf Hitler. No quiso acercarse, pero la dureza de su expresión, agudizada por la luz de las velas, que añadían un tonalidad infernal a su mirada, le estremeció. Sin decirle nada a su mujer, Pfaffenhofen accedió con ella al teatro para asistir a la representación de Las bodas de Fígaro, de Mozart. Le agradó que fuera una opera bufa. En ese momento necesitaba reírse.
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