Sueño
En muchas ocasiones le sucedía: despertar por la mañana en un estado tan placentero como para decidir continuar así y llegar tarde al trabajo o incluso no acudir ese día. Pero siempre la conciencia empezaba a aguijonearle, incrementándose gradualmente su efecto estimulante. Entonces se levantaba de manera lenta pero irreversible: una vez en pie, ya no había vuelta atrás. Comenzaba su rutina habitual.
Sin embargo, ese día fue diferente. Tumbado de lado, abrazado a la almohada y con la cabeza apoyada en la parte superior de esta, extendió el brazo derecho y soltó el tirador de la persiana para cerrar las rendijas altas de esta y quedarse totalmente a oscuras. Curiosamente no tenía ganas de orinar — posiblemente se hubiera levantado soñoliento poco antes y no lo recordaba —, así que en un estado de total confort decidió hacer saltar por los aires el orden habitual de su vida.
Miércoles, 30 de noviembre de 2022, 8:04. Posiblemente todo quedase en nada. En un par de horas se levantaría y se excusaría con su jefe diciéndole que había tenido fiebre por la mañana e que incluso había vomitado, pero que un analgésico le hizo mejorar. Hasta es posible que una actitud tan responsable fuera valorada. Ya se vería.
Se despertó cuatro horas y media después. Estaba tan a gusto que optó finalmente por quedarse en la cama. Todo era oscuridad y silencio a su alrededor, pero encontraba placer en esa quietud. Bebió un poco de agua del botellín que cada noche dejaba en la mesita y siguió en la cama, no tenía planes salvo dormir, dormir, dormir...
Por la tarde se dio cuenta de que no había oído el teléfono en todo el día. ¿No le echaban de menos en el trabajo? Es posible que dieran por hecho que estaba enfermo, él mismo les había comentado poco antes de la detección de un problema en su corazón durante la revisión anual. En parte agradecía que no le llamasen, pero en parte también sentía esa despreocupación. Volvió a dormirse pensando que no era nadie.
Llegó la noche, y se dio cuenta divertido de que todo el día había transcurrido con él en la cama. Desconocía qué había dado de sí ese miércoles. Era como un día perdido. Abrazado a la almohada cerró los ojos con la intención de quedarse dormido nuevamente. Le encantaría vivir así siempre.
Al día siguiente no se planteó acudir o no al trabajo. Ya tenía decidido pasar también la jornada en la cama. El teléfono seguía sin sonar; no importaba a nadie, por lo visto. Bebió un sorbo de agua, lo justo para aclarar la garganta; quería dosificarla para que le durara. También llevaba un par de días sin comer nada, pero no tenía hambre. Lo que quería era dormir.
Por la tarde tuvo un sueño. Se encontraba en la calle principal de su ciudad, caminando por la acera. Se cruzaba con los viandantes, pero no conocía a ninguno. En un momento dado entró en diversos comercios que frecuentaba pero los dependientes era extraños. Tal vez lo más doloroso le aconteció al acceder al organismo donde trabajaba desde hacía décadas. No solo el mobiliario y la disposición de este había cambiado, sino que sus compañeros habían sido sustituidos. ¿Quiénes eran estas personas?¿Dónde estaban él y aquellos a los que conocía?
Se despertó inquieto, pero se relajó con el silencio de la habitación. De niño le asustaba la oscuridad, pero cuando se convirtió en un adulto la veía como una manta protectora; le hacía sentirse arropado y oculto, a salvo. Nuevamente cerró los ojos. Tenía sueño.
Fue gracias al reloj que se percató de que comenzaba el tercer día que pasaba en la cama. No tenía hambre ni ganas de orinar. Tampoco sed. Los sorbos de la botella le ayudaban a aclarar la garganta, y atribuyó la falta de micción a prácticamente no haber ingerido líquidos. Estaba tranquilo, aunque le llamaba la atención que el teléfono no sonase. Que les den, pensó, si no me tienen en cuenta yo tampoco los tendré en cuenta a ellos.
No miró el reloj cuando se despertó, pero supuso que sería por la tarde. ¿O por la noche? Siguió pensando en la ausencia de hambre. Era raro, pero no le preocupó porque había leído que una persona podía estar unos cuarenta días sin comer. Sin embargo, el límite para beber era mucho más limitado: unos tres días. Ese era el tiempo que llevaba sin apenas beber, salvo unos escasos tragos de agua. Pensó con temor que tal vez estuviese deshidratándose y no lo notaba por estar en la cama. Pero no quiso levantarse para comprobar si estaba débil o mareado. Estaba inquieto, y optó por abrazarse a la almohada y taparse totalmente con el edredón.
El 4 de diciembre la policía local recibió una llamada en el 092 sobre una vivienda de la que salía un olor raro e intenso. Tras acceder al interior, dos agentes descubrieron el cadáver de un hombre acostado en una cama. Tres horas después, el juez ordenó que se hiciese la autopsia. Al no haber hallado la policía judicial indicios de criminalidad y constar como cardiópata en su historial médico, los forenses no fueron demasiado minuciosos. La única discrepancia se produjo en la data del fallecimiento. Para uno de los facultativos llevaba un día muerto, para el otro tres o cuatro. Pero no discutieron por ello. Realmente ninguno recordaría después la fecha que indicaron en el informe; tampoco nadie les preguntaría.
La noticia de su muerte fue recibida con sorpresa e incluso con dolor entre sus allegados, y durante uno o dos días después del entierro fue recordado y objeto de comentarios, por lo general, benévolos. Luego empezó a caer en el olvido. En su puesto de trabajo le reemplazó otro funcionario que nunca había oído hablar de él, como tampoco le conocía la persona que ocupó su apartamento, después de que una prima, heredera tras haber muerto sin testar, y a la que hacía décadas que no veía, lo vendiera apresuradamente por una cantidad inferior a su valor de mercado. El nuevo propietario redecoró totalmente el inmueble, y la primera noche que pernoctó en la misma habitación en la que él había muerto se sintió como si nadie hubiera dormido allí antes.
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