Espectador
Le conocían como Yo puesto que se anunciaba siempre por el teléfono y el portero automático con la misma palabra: yo. Era introvertido y poco comunicativo. El colegio era el único ámbito en el que se relacionaba de niño, y en el recreo se abstenía de participar en los juegos, prefiriendo pasar el tiempo con un cómic o una consola. Ya adulto, evitaba la vida social. En realidad, no llamó al teléfono ni al portero automático de mucha gente.
Yo era austero, consigo mismo y con los demás. Nunca quedó demasiado claro, ni para los que trataban de descifrar su enigmática personalidad ni para sí mismo, el porqué. Parecía que había renunciado a ser actor en la vida para convertirse en espectador de la misma. Por todo ello lo consideraban un tío raro, pero no recibió muchos ataques por ello: ante las burlas, Yo había reaccionado de manera contundente, aunque violenta.
En un viaje a Londres (laboral, las vacaciones las pasaba en casa leyendo) Yo optó por restringir casi totalmente la comunicación, y la idea surgió por sus carencias con el inglés. Yo se percató de que necesitaba una única palabra para que le entendieran. Si precisaba ir al baño en un restaurante, se dirigía al camarero diciéndole "toilet" y este, solícito, le indicaba la ubicación del aseo; si tenía que coger un autobús, le basta pronunciar la palabra "bus" a cualquier transeúnte, que le informaba de la parada más cercana. Así fue como decidió utilizar una sola palabra cada vez que hablase. Yo fue consciente de que era una estrategia arriesgada. En otro país era normal que los nativos se esforzasen en comprender al turista, pero de vuelta en casa esa economía léxica sería considerada una extravagancia e incluso una locura. De todos modos, la consideración de friki que padecía estaba más que generalizada en su pueblo...
Como Yo no se relacionaba con prácticamente nadie, tardaron sus vecinos en darse cuenta de que se había convertido en un one-word man. La panadera empezó a extrañarse de que todos los días accediese a su local diciendo "Hola" al entrar por la puerta y añadiendo ya en el mostrador "barra". Y así en todos los comercios. A veces le surgían problemas tácticos. En la taquilla del cine solo vocalizaba una palabra del título de la película que pretendía ver. Por ejemplo, "El viento que agita la cebada" se convertía en "Viento". La taquillera lo consideraba un tío muy raro, como la panadera, el camarero o el peluquero. Además, a los intentos de conversación de estos respondía con monosílabos o silencios.
Yo nunca desempeñó un puesto de trabajo, y tampoco le hubiera sido fácil relacionarse con unos compañeros o someterse a un jefe. Yo escribía cuentos y novelas. La narración era su género, y en contraposición a su hermetismo en la vida real, resultaba de lo más elocuente escribiendo. En sus escritos se advierte una insólita facilidad para expresarse, una caudalosa narrativa que parecía brotar de una intensa vida interior. Pero, eso sí, siempre escribía ficción. Esas ficciones solían estar protagonizadas por personajes inadaptados que se rebelaban airadamente contra un entorno que consideraban hostil. Su novela más celebrada era la, según muchos, autobiográfica "Te odio, COU B".
La vida de Yo fue consecuentemente muy solitaria. Como se sabía que podía llegar a ser agresivo, nadie se metía con él; ni media broma se atrevían a hacerle. Yo autopublicaba sus novelas y viajaba periódicamente a Londres y Dublín para descubrir libros que le inspirasen. Pero los poquísimos amigos que conservaba fueron hartándose de la manía de su amigo. Uno de ellos perdió en una ocasión el último autobús a casa, que salía a las 22:45, porque, carente de reloj, le preguntó la hora a Yo, que le informó que eran las diez, no porque lo fueran (eran las diez y media), sino porque "diez" era la única palabra que se permitía pronunciar. El colega perdió el autobús, y antes de verse obligado a llamar a un taxi, se cagó en todo y mandó a la mierda al tarado de su amigo.
Nunca se supo de mujeres en la vida de Yo. Tan autosuficiente como era, posiblemente se arreglaría con el onanismo. De todos modos, es conocido que había sentido algo parecido al amor por una admiradora de sus novelas, llamada Eva. La relación no funcionó porque Yo le pareció muy raro a Eva, pero la chica contaba con una característica que a Yo le resultaba muy atractiva: era sordomuda.
Yo cayó enfermo relativamente joven, o al menos, no muy mayor. Posiblemente, se cansó de vivir. La soledad proporciona libertad, pero también duele. A la larga, también la soledad buscada es dolorosa. En el centro de salud Yo era bien conocido, y cuando descolgaban el teléfono en recepción y se oía al otro lado del auricular la palabra "enfermo", la llamada era desviada al médico, que escuchaba con paciencia las respuestas afirmativas o negativas a sus inquisiciones sobre síntomas.
Un día la auxiliar administrativa que contestó a la llamada de Yo dio un respingo cuando este afirmó "muerto". Rápidamente salió una UVI Móvil cuyo equipo encontró a Yo sin vida en su cama. Yo se había sentido morir y lo preparó todo para la llegada del servicio de emergencia, dejando la llave de casa en el felpudo y una escueta nota sobre la mesita de noche con el texto "Nicho 324". Todo indicaba que había esperado la muerte con lucidez y tranquilidad en aquel pequeño apartamento decorado en tonos crudos con un estilo minimalista. Inicialmente, Yo había pensado en telefonear al seguro de decesos para informar de su inminente óbito, pero se dio cuenta de que antes era necesario un certificado médico de defunción, y concluyó que era preferible avisar al centro de salud.
Los restos de Yo fueron enterrados en el nicho que había indicado. En lápida está grabada una lacónica inscripción: Adiós.
Comentarios
Publicar un comentario