América


Frecuentemente un hombre pasea por los senderos del cementerio de Arlington. Su trajeada figura, con el tronco extrañamente rígido y las manos en los bolsillos de la chaqueta, contrasta con los atuendo desenfadados de los numerosos turistas que visitan el emblemático camposanto. De todos modos, esto importa poco porque no lo pueden ver. Lleva casi sesenta años en el cementerio donde junto a su hija muerta al nacer, Arabella, su hijo Patrick, fallecido con dos días de vida, y su mujer, Jacqueline, está enterrado él mismo, John F. Kennedy.

Uno de los paseos fue diferente una mañana. Como solía hacer, Kennedy finalizó su recorrido sentándose en una parte elevada del césped cerca de su sepultura, la más visitada del concurrido y gigantesco cementerio. Le gustaba ver a las personas que le mostraban sus respetos ante la llama que nunca se apaga.
De pronto, el presidente advirtió que una persona se acercaba a él. En principio no identificó a ese hombre joven, delgado, con entradas y vistiendo un informal jersey, que al igual que su traje estaba pasado de moda. Al tenerle frente a él, Kennedy se puso en pie sintiéndose totalmente perplejo.
—¡Lee Harvey Oswald! ¡Pero bueno! ¡Qué desfachatez!
—Oh. Señor presidente. Creía que ya estaba preparado para recibirme — respondió Oswald un tanto azorado.
—¿Y eso? ¿Es que viene a rematarme? — replicó sarcástico JFK.
—¿Pero todavía sigue con eso? Pensaba que ya había quedado claro que yo no le maté.
—Pues no, no lo tengo nada claro.
—Entiendo que tengan dudas los vivos, pero una vez aquí...
—Yo sigo ateniéndome a la versión oficial. Mientras no se demuestre lo contrario...
—¿No ha hablado con Dios?
—¿Acaso cree que Dios me lo cuenta todo? En vida era presidente de los Estados Unidos, pero una vez muerto no tengo un privilegio especial. Soy como usted o cualquier otro muerto.
—La conspiración fue tan compleja que es posible que Dios tampoco sepa quién está detrás de todo, también es verdad — reflexionó el ex marine en voz alta.
—...
Oswald adoptó entonces una actitud sincera, razonadora.
—Verá, yo le doy mi palabra de que fui un americano leal a mí país y a mi presidente. Siempre cumplí órdenes, por confusas y difíciles que fueran. Cuando me di cuenta de que me habían vendido, fue demasiado tarde...
—...
—Créame. Usted sabe mejor que nadie la cantidad de corrupción que hay en las altas esferas.
—No sé qué decirle.
—Oliver Stone lo explica perfectamente en sus películas.
—Ah. Sí. Oliver Stone. Me cae bien ese tipo.
—¿Realmente cree que si yo fuera un asesino y usted mi víctima Dios permitiría que habitáramos en la misma dimensión, que estuviéramos juntos? —insistió ya desesperado LHO.
—Mmm...También es verdad — respondió Kennedy comprensivo por fin.
Tras un breve rato de silencio, Kennedy se dirigió a Oswald.
—¿Le apetece sentarse?
Oswald accedió, y los dos muertos se pasaron un largo momento contemplando las innumerables cruces blancas diseminadas por los extensos terrenos. Después, el presidente comenzó a hablar.
—Han pasado tantos años y la gente continúa viniendo. Siempre me fijo en sus rostros. Emocionados, benévolos, graves, muchos incluso con lágrimas. Es tan conmovedor, me hace sentir tanto orgullo...
—América es un gran país. Nunca, ni por un momento, dejé de pensarlo ni de luchar por él, aunque fuera de la manera más ingrata — respondió Oswald.
Un niño negro y otro blanco, ambos de dos, tres años a lo sumo, depositaron cogidos de la mano un ramo de rosas blancas cerca de la lápida de Kennedy. El presidente sonrío levemente y, por primera vez, miró a Oswald con afecto, pasándole el brazo por encima del hombro. Y entonces Kennedy comenzó a cantar. Lo hizo tímidamente al principio, pero poco a poco fue subiendo la voz, mostrándole a Oswald — nadie más podía oírle — la querencia por las canciones populares heredada de sus antepasados irlandeses.
God bless America, land that I love
Stand beside her and guide her
Through the night with the light from above
From the mountains to the prairies
To the oceans white with foam
God bless America, my home sweet home.
El hombre que había pasado a la historia como su asesino apoyó la mano en la espalda de Kennedy y le acompañó cantando.
God bless America, land that I love
Stand beside her and guide her
Through the night with the light from above
From the mountains to the prairies
To the oceans white with foam
God bless America, my home sweet home.

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