Cine-Club
Pablo estaba ansioso por dejar su trabajo, y no solo porque últimamente cobraba la nómina con dificultad, sino por poner en marcha un plan que había concebido años atrás. Amante del cine, le encantaban las películas y los coloquios sobre ellas, así que tuvo la idea de crear un cineclub.
A sus treinta y siete años, Pablo no había hecho nada especial con su vida. Estudió una carrera que no acabó y enlazó trabajos precarios con largas temporadas en paro. Independizado desde joven, le costaba mucho pagar el alquiler de las habitaciones donde vivía — muy de vez en cuando conseguía alquilar un estudio para él solo —. Sin embargo, con la energía que solo brotaba de su interior cuando algo le ilusionaba, Pablo había trazado un plan para hacer realidad el cineclub en unos pocos años.
Cuatro fueron los que finalmente necesitó para, apartando de su sueldo una considerable cantidad, acumular la suma con la que afrontar la reforma y acondicionamiento de un local. Enfocaba su plan con una ferviente determinación. "Déjalo todo y sígueme" parecía decirle el cine a Pablo como Jesús a Pedro.
Un local en el casco antiguo, entorno con un encanto añejo que Pablo consideró muy adecuado para el cineclub, fue el elegido. Llevaba décadas sin ser utilizado — había albergado una tienda de ultramarinos en la posguerra — por lo que la reforma se antojaba costosa. Sin embargo, el saldo era suficiente para acometerla.
Antes de contratar la obra, Pablo inspeccionó de arriba a abajo el local. Su primera intención era poder instalar diez filas con diez butacas cada una, pero ni siquiera tirando todos las paredes, incluyendo la trastienda, quedaba espacio. Comenzó pues la obra con la resignada decisión de que se instalasen siete filas con ocho butacas. Pablo pretendía que los obreros se limitasen a derribar tabiques y él se encargaría de enyesar y pintar y de colocar el parquet flotante. Sin embargo, aquellos le convencieron para que lo dejase en sus manos, que lo harían por un buen precio. Al final, surgieron problemas de humedad en una de las paredes y el presupuesto se incrementó considerablemente, algo que Pablo siempre había temido.
La instalación eléctrica fue muy costosa, así como adquirir las butacas — no pudieron comprarse de segunda mano, como Pablo pretendía —. Había solicitado ayudas públicas pero la administración se retrasaba en la respuesta. Aún sin inaugurarse el cineclub, los números ya empezaban a enrojecerse. Incapaz de pagar un alquiler, ni siquiera una habitación, Pablo decide vivir en la trastienda, que hace las veces de almacén. Solo necesita una cama plegable, un infernillo para cocinar y una nevera portátil — siguiendo las normas, el local tiene servicio, también remodelado —. Es una vida espartana, pero es la vida que ha elegido.
Una de las partes más atractivas del cineclub — al que decidió no poner nombre — era seleccionar las películas que se proyectarían en la — carísima — pantalla de plasma de 80 pulgadas una vez por semana, concretamente los jueves. Pablo pensó en películas como Comida sobre la hierba, Marea nocturna, Su juego favorito, La ciudadela o Primavera tardía. Pretendía que no fueran demasiado conocidas, o mejor dicho, demasiado previsibles. Para el estreno, sí optó por una película más relevante: El hombre que mató a Liberty Valance. En una ocasión Pablo oyó decir a una amiga que era el único western que le gustaba, y ese criterio fue para él determinante.
Pablo no había dicho nada del cineclub porque temía que este no pudiese abrirse, y además tampoco tenía a nadie a quien anunciárselo a excepción de sus contactos de las redes sociales. Estos, cinéfilos como él, se entusiasmaron con la idea, y los que residían cerca prometieron asistir al estreno. El boca a oreja hizo el resto y un número de personas algo superior a las cincuenta y seis de capacidad se presentó a la hora prevista para ver El hombre que mató a Liberty Valance. Pablo había dispuesto unas sillas para ellos y también instaló una máquina de vending. Esa tarde, cuando se apagaron las luces y en la pantalla apareció el logo de la Paramount seguido de los títulos de crédito a los sones de Cyril J. Mockridge, Pablo sintió una emoción tan intensa que — caso raro en él — le llevó a unas lágrimas que apuradamente pudo reprimir. El senador Stoddard llegaba a Shinbone al entierro de su viejo amigo Tom Doniphon.
El cineclub fue un éxito desde su primera sesión. El local siempre se quedaba pequeño, lo que fastidiaba a Pablo, y ya desde las primeras sesiones le sugirieron llegar a algún acuerdo con alguna sala privada para proyectar allí sus películas, a lo que reaccionaba con escepticismo puesto que temía perder control sobre el cineclub.
Algo que le gustaba a Pablo era observar al publico en la penumbra de la sala. Así les veía entender el dolor y la redención de Ingrid Bergman en Europa 51, reírse con el ingenio de Buster Keaton en El moderno Sherlock Holmes, fascinarse con el desenfado de Jean Paul Belmondo y la belleza de Jacqueline Bisset en Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo, y despreciar y finalmente admirar a Vittorio de Sica en El general de la Rovere. Posteriormente, en el coloquio charlaba con los asistentes que se quedaban — la mayoría — y juntos analizaban las películas en un ambiente que podría calificarse como de camaradería.
Por desgracia, solo algo más de dos años le duraron los buenos tiempos al cineclub. Con días de diferencia, el propietario del local le anunció a Pablo una importante subida del alquiler y también le fue notificada una multa muy onerosa por el exceso de aforo que una inspección había advertido en el local. Pablo ya había gastado todo el dinero ahorrado antes de abrir el cineclub en pagar el alquiler. Con tres euros que cobraba por las entradas no iba a ninguna parte. Además, la ayuda pública que le habían otorgado era insuficiente. En su fuero interno siempre supo que el momento de cerrar llegaría. Era un negocio kamikaze, provocado por una pulsión tan apasionada como autodestructiva. Lo había dado todo en él.
El día del cierre llegó. Pablo no quiso anunciarlo porque no quería despedirse, solo avisó que se iba un mes de vacaciones. Melodías de Broadway 1955 fue la película elegida. Quería que al público le quedase un recuerdo agradable del cineclub escuchando That's Entertainment y A Shine On Your Shoes. Esa noche, cuando todos se fueron, Pablo se paseó un rato por el local con las luces apagadas con el corazón encogido y luego se fue a dormir a un hostal cercano. No podría haber dormido allí, ni lo hizo ninguna noche más.
Poco después de cerrar el cineclub, Pablo encontró trabajo de repartidor en una tienda de pintura. Aún tenía pendiente el pago de la multa del aforo, pero un comprensivo funcionario tramitó el pago aplazado. En la tienda de pintura se encontró bien, aunque el sueldo no le daba para costear un apartamento, por lo que debió alquilar nuevamente una habitación.
El propietario de la tienda, Salvador, había sido receloso al principio con Pablo, porque después de oír su historia le pareció un bohemio sin mucho amor al trabajo. Sin embargo, sus dudas se disiparon viéndole desempeñar sus tareas diligentemente. Eso llevó a que su desdén por la cinefilia extrema de Pablo se convirtiese en franca admiración.
Una tarde, después del trabajo, Salvador invitó a Pablo a tomar una cerveza en un bar cercano a la tienda. Allí le confío que le habían detectado una mancha en un pulmón. Hablaron sobre la vida y especialmente, sobre lo que damos y recibimos. Salvador creía que su aportación era insuficiente; había trabajado duro, sí, pero pensaba que era necesario hacer algo más. Puso a Pablo como ejemplo: lo había dejado todo, y no solo por sí mismo, sino también por los demás, por acercarles al cine y a la cultura, lo que les había hecho mejores e incluso es posible que hubiera cambiado la vida de alguno de ellos.
Pablo le agradeció sus palabras, pero no le aceptó a Salvador que dijese que su vida era un fracaso. Según Pablo, el mundo es un lugar tan horrible que como imperativo moral es suficiente con no hacer el mal, ni siquiera es necesario hacer el bien. Y en los meses que llevaba trabajando con él había testigo de su honradez y su laboriosidad. Era un buen tipo, le dijo, más de lo esperable. Hacía mucho bien. Salvador, conmovido por esas palabras, le tranquilizó con respecto a su trabajo: aunque él faltase, su hijo seguiría contando con él.
Pablo se fue a la habitación muy reconfortado porque Salvador le había reconocido su desprendimiento para con los demás, y aunque hallaba algo vanidoso sentirse bien por ello, se abandonó en esa agradable sensación. En la cama y con la luz apagada, recordó a los espectadores de las películas del cineclub. Uno era el joven que viendo a Audrey Hepburn en Historia de una monja fantaseaba con estar esperándola cuando ella colgaba los hábitos para vivir con esa dulce mujer el resto de su vida. Otro era el niño que de buena gana se iría a México a buscar oro, como Humphrey Bogart, Walter Huston y Tim Holt, pero él tendría éxito y se haría millonario. Y así muchos más. Esa noche Pablo se durmió soñando todos esos sueños
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