Deuda
Luis tenía 19 años en 1964. Era tímido, nada avezado en las artes del amor. Por eso el día que tuvo su primera cita con una chica — compañera de estudios de su hermana Ana, muñidora de todo el asunto, aunque siguiendo los deseos de Luis — se sentía muy nervioso. Clara llegó al kiosco de música junto a un amiga, Mati, y Luis con Ana. Tras las presentaciones de rigor, el grupo había dado un breve paseo por el parque y, pasado un tiempo prudencial, las dos acompañantes se despidieron dejando a la pareja sola.
Luis propuso dirigirse a un bar llamado El Leonés. No era frecuente que las mujeres frecuentaran los bares en aquellos años y simplemente se dejó llevar. A Luis le desagradaba El Leonés. Su propietario, Fermín, era un hombre difícil, hosco, conocido por su mal carácter. Con frecuencia echaba de su establecimiento a clientes de los que simplemente no le gustaba su aspecto, sin que hubiesen hecho nada. Pero había que aceptar que El Leonés era uno de los pocos bares del barrio, y posiblemente el más elegante, el más adecuado para una cita. Nadie entendía muy bien cómo un bruto así regentaba un establecimiento tan fino.
Luis y Clara consumieron dos cafés con leche. Les atendió el propio Fermín, con su habitual rictus serio. La pareja habló tímidamente al principio pero progresivamente fueron venciendo los nervios y la conversación se hizo distendida. Al cabo de veinte minutos, Luis, siguiendo un plan que había trazado minuciosamente durante toda la semana, sugirió ir al cine para ver Qué noche la de aquel día, la película de los Beatles, que estaba teniendo un gran éxito. Clara consintió. Ya la había visto dos semanas atrás con unas compañeras de estudios, pero no quiso desilusionar a su pretendiente, del que podía apreciar que estaba entusiasmado con ella.
Fue al guardar el dinero de la vuelta de las entradas cuando Luis se percató de algo que le provocó una fortísima impresión: ¡¡se le había olvidado pagar en El Leonés!! Clara percibió su repentino rostro lechoso, su lívida expresión. Pero Luis le respondió que no pasaba nada. Entraron en la sala y en medio de un público jovial siguieron las enloquecidas peripecias de John, Paul, George y Ringo. Aunque lo intentaba, Luis no podía disimular su preocupación por haberle hecho lo que entonces aún no se conocía como simpa al volcánico Fermín. Le costaba entrar en la película y también disfrutar de la compañía de Clara. De hecho, fue esta la que llevó la iniciativa para las manitas, pero la movía más el deseo de tranquilizar a Luis que la lascivia.
Aquella noche, Luis durmió con dificultad. Era un chico bueno y honrado, y su intención inicial fue dirigirse raudo a El Leonés para disculparse y abonar la consumición. Sin embargo, temía una reacción violenta de Fermín. Este era un pensamiento bastante irracional, propio de una persona neurótica a la que el miedo dominaba, pero impidió que Luis saldase su deuda y provocó que se acogiese a la esperanza de que el propietario de El Leonés no se hubiera dado cuenta de lo sucedido. Aún así, seguía preocupado. Otro rasgo de Fermín era su tacañería.
Luis y Clara se hicieron novios formales, complaciendo la relación a sus respectivas familias. Salían casi a diario y disfrutaban el uno del otro. Lo que no podían hacer bajo ninguna circunstancia era acudir a El Leonés. Luis le explicó a su novia que le caía mal Fermín, añadiendo que habían ido a su bar el día que se conocieron porque quería complacerla al ser la primera cita. Clara, que también sabía del impopular hostelero, lo entendió perfectamente.
El tiempo fue pasando, la pareja se casó y tuvo dos hijos, Luis y Clara. Fueron felices los primeros años y progresivamente su relación se deterioró hasta llegar al divorcio, en 1988. Luis le confesó por primera vez a Clara el simpa cuando estaban a punto de casarse. Ella se rio, admitiendo que tampoco se había dado cuenta. Los dos concluyeron que estaban nerviosos, y que irse sin pagar de El Leonés había sido en definitiva una prueba de ilusión y amor.
A pesar de que su profesión — era fiscal adscrito a la fiscalía antidroga — le hacía estar inmerso en asuntos difíciles y peligrosos, llegando a estar amenazado de muerte por el crimen organizado, Luis nunca olvidó a Fermín. Veinte, treinta, cuarenta años habían pasado, pero seguía preguntándose si se habría dado cuenta de que aquella pareja tan aparentemente modosa se había ido sin pagar aquella lejanísima tarde. En cuanto pudo se fue del barrio y después se mudó de ciudad con su familia.
Un mañana de 2006 Luis se reunió con su ex mujer, sus hijos y las respectivas parejas de estos para celebrar el cumpleaños de su hija, Clarina. Fue una reunión agradable — el ex matrimonio tenía una relación distante pero cordial — y se recordaron vivencias de tiempos pasados.
Luis salió bastante achispado del restaurante y, tras despedirse y rechazar el ofrecimiento de su familia de llevarle a casa, optó por dar un paseo para despejar. Unos doscientos metros más adelante, en medio de un solitario bulevar, una figura algo encorvada pero amenazante se dirigió hacía él. Inicialmente no distinguió los rasgos del anciano, pero no tardó, estremecido, en reconocer aquellos ojos inyectados de sangre, cargados de odio.
¡¡Era Fermín!!
Luis se quedó paralizado, perplejo, aterrorizado. Cuando Fermín se plantó a escasos centímetros de él bramó:
—¡¡¡Por fin te he encontrado, canalla. Págam...!!!
No pudo terminar la frase. Repentinamente se llevó la mano al pecho y emitió un ahogado grito de dolor, derrumbándose en la calzada. Luis se dispuso a atenderle, desabrochándole la camisa y colocando su chaqueta bajo la cabeza de Fermín a modo de almohada. A pesar de ponerse cianótico, su mirada continuaba rezumando odio. Unos viandantes se acercaron a interesarse por lo sucedido, mientras Luis esperaba que llegara la ambulancia que había pedido con su móvil. En aquellos momentos angustiosos y decididamente desconcertantes, a Luis se le ocurrió algo que podría considerarse como inoportuno o incluso disparatado, pero que en puridad se ajustaba a un básico sentido de la justicia: pagarle a Fermín su deuda. Fue así como extrajo de la cartera tres euros, confiando en que aquel viejo hostelero no le reclamase también intereses, y los depositó en la palma de la mano derecha de Fermín, apretándole los dedos contra ella.
Cinco minutos más tarde, la ambulancia llegó y una doctora y un enfermero procedieron a atender a Fermín. No pudieron hacer gran cosa: estaba muerto. Mientras llegaba la policía, los sanitarios cubrieron el cadáver. Luis le miró antes a los ojos y pudo comprobar, aliviado, que estos rebosaban paz.
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