Rafa

 —Salí con este chico, Nacho, hace unos tres años. Yo acababa de romper con Rafa, mi novio del instituto, y tenía un bajonazo que no quiero ni recordar. Una amiga, Pili, nos presentó. Pili estudiaba filología con Nacho y le pareció que podíamos encajar. Después de todo este tiempo, yo no digo que no encajáramos, pero, eso sí, ni de coña hacíamos tan buena pareja como Rafa y yo.

Los primero días le fui llevando a los sitios que yo frecuentaba con Rafa. Me pareció que era lo mejor para que me conociera. Desde los 15 años habíamos sido Rafa y yo; su historia es la mía y viceversa. Con Nacho paseaba por las mismas calles, iba a los mismos bares e incluso me sentaba en las mismas mesas que compartía con Rafa.
Las cosas no tardaron en estropearse. Nacho empezó a estar como más raro y más distante. Enseguida noté las señales. Al poco de que saliéramos tuve que pasar un par de semanas en casa de la madre de Rafa. Había enfermado del corazón, y yo me turné con la hermana de Rafa para atender a aquella mujer a la que yo quería como una madre.
Nacho es buen tío, sí, pero le falta el carisma y la personalidad de Rafa. Trataba de vestirlo como Rafa, hacer que tuviera sus mismas aficiones. Hasta intenté convencerle de que tomara Bitter Kas, la bebida favorita de Rafa. No sirvió de nada. No era Rafa.
Cuando la madre de Rafa empeoró y supo que le quedaban unos meses de vida, quiso pasar una semana de vacaciones en Canarias con su familia más cercana. Me invitó, claro. Allí pasamos unos días muy emotivos. Rafa estaba con su nueva novia, pero yo notaba que todavía sentía algo por mí. Al volver, Nacho me dijo que quería hablar conmigo. Yo me intuía algo malo, así que le propuse quedar en un parque por el que solía pasear con Rafa, quería sentirme arropada por él. Nacho me dijo allí que lo nuestro no funcionaba, que no encajábamos, en fin, ese tipo de cosas.
Así acabamos, y nunca he entendido por qué.

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