Isa
Como cada noche, me acosté en mi cama de 105x200 tocante con la pared, a la que me gusta dar la espalda. Abrazado a la almohada, esta en posición vertical, mi encogido cuerpo quedó cubierto por el edredón y la sábana hasta la mitad de la cabeza. Así me siento abrigado y cómodo.
Conciliar el sueño no me resulta difícil. Durante un rato visualizo a Isa en un entorno luminoso, soleado. Es una imagen bastante etérea: la figura, el rostro. Nada demasiado excitante: tengo que dormir. Al cabo de unos minutos el marco se torna nocturno, una suerte de click en mi cerebro que me conduce hacia el sueño, como si pulsara el interruptor de la luz.
Ya dormido, Isa me acompañaba en la cama aquella noche.
—Oh, Isa. Cuánto solaz encuentro entre tus brazos — le confesé arrobado.
—Y yo en los tuyos, Juanín.
—Me gusta todo de ti. Por ejemplo, tu respiración. Tiene un ritmo muy musical.
—A mí me gusta — replicó ella complaciente — tu romanticismo.
—Eres tan dulce...Aunque también me gusta cuando eres la caña.
—¿Ah, sí?
—Por ejemplo, cuando le dijiste a aquella policía en un desahucio que era una cocainómana y una zorra que se follaba a todos los policías y que si fueras su hijo cogerías una pistola para pegarle un tiro.
—¡¿Cómo?! — reaccionó violentamente, tanto que me sorprendió.
—Sí, ¿no te acuerdas? Esa y otras frases así salieron a la luz en el juicio...
—Pero bueno, ¿tú con qué Isa estás soñando? — me preguntó francamente mosqueada.
—Pues contigo. Isa...Serra — le respondí desconcertado.
—A ver, imbécil. Yo soy Isa Ayuso.
—¡Hostias! Perdona...— me había quedado pasmado.
—¿Y tú me estás confundiendo con esa perroflauta revienta cajeros? ¡Manda huevos!
—Lo siento, lo siento. Es que estoy en la tierra de nadie.
—¿La tierra de nadie? — inquirió Isa con sorpresa y curiosidad.
—Sí, cuando me gustan dos mujeres con el mismo nombre pues...
La respuesta de Isa a mi explicación fue contundente.
—Estupendo. Pues mira: hoy, por subnormal, no follas.
—Vaya, joder. Nooo.
—Jajaja. Que no, tonto. Ahora ya soy Isa Serra. ¿Lo ves?
De pronto se mostraba relajada y complaciente.
—Ah. Vale, Isa. — respondí aliviado.
—Haces bien en pasar de esa tarada. No te pega nada.
—Bueno, yo sigo queriendo mucho a Isa, pero también me siento atraído por ti.
—Y yo por ti, Juanín. Espero que también encuentres solaz entre mis brazos.
—Claro que sí...
Al poco tiempo me quedé sopa, pero tuve tiempo de unos segundos de reflexión sobre lo fácil que es pasar del liberalismo a la socialdemocracia con un mismo nombre de mujer.
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