Abrazo
En el escenario del Teatro Español el dolor por la muerte de Fernando Fernán-Gómez se combinaba con la simpatía hacia su persona y la veneración por su totémica figura. El féretro, situado en el centro del escenario, estaba rodeado por seres queridos del fallecido y por las personalidades que habían acudido a visitar la capilla ardiente.
En la fila un hombre llamaba la atención. No era por llevar un atuendo excéntrico ni porque se comportase ruidosamente. No, simplemente su cara sonaba a la gente que se encontraba en aquella cola. De repente, alguien cayó en la cuenta. ¡Claro, es el señor al que Fernán-Gómez mandó a la mierda!
La noticia se difundió rápidamente entre los asistentes a la capilla ardiente. Javier Pagola, así se llamaba este hombre, debió de notar que le habían reconocido por las muchas miradas benéficas que se dirigían a él. Al poco rato alguien se decidió a hablarle. Pagola afirmó que creía que debía estar allí porque nunca había dejado de admirar al autor de Las bicicletas son para el verano. Todos se mostraron complacidos por la presencia de aquel hombre, cuya ausencia de rencor añadía un plus de emoción a la jornada. Cubriendo el acto se encontraba la televisión, no tardando en enterarse un reportero y dirigirse a Pagola, que le repitió lo mismo que había dicho a sus compañeros de fila: estaba allí por su admiración y respeto hacía Fernán-Gómez. También minimizó el célebre incidente.
La presencia de tan sincero admirador llegó a oídos de la familia del difunto. Emma Cohen, la viuda, se sintió complacida e inmediatamente avisó a su marido.
—¡Fernando, Fernando! — le llamó mientras golpeaba el ataúd con los nudillos.
—¿Y ahora qué quieres, mujer? — contestó él con cierto fastidio.
—Ha venido el señor ese al que mandaste a la mierda — le comunicó Emma con un tono arrebatado.
Fernán-Gómez no respondió. La tapa del féretro empezó a abrirse desde dentro y Emma y otros deudos tuvieron que quitar rápidamente la bandera anarquista que lo cubría y la medalla de la Real Academia Española colocada encima. Con ayuda pero con bastante agilidad para su estado, el muerto salió del ataúd y ya solo se dirigió en busca del que fuera víctima repentina de su ira, el cual ya se encontraba en el pasillo central del teatro. Fernán-Gómez caminaba decidido con su traje oscuro. La palidez mortuoria se reflejaba en su rostro y en sus manos, pero los ojos humedecidos se apreciaban tan vivos como los de un niño.
Al encontrarse frente a frente, los dos hombres se saludaron con humildad, estrechándose la mano. Fernán Gómez le dio las gracias a Pagola por haber ido y le pidió que le acompañase al escenario. Allí conversaron durante un momento en un aparte, respetando educadamente la familia y amigos del difunto la intimidad de la charla. Nunca trascendió lo que se dijeron, aunque es de suponer que Fernán Gómez le pediría perdón por aquel arrebato violento y le daría las gracias nuevamente, a lo que Pagola respondería con educación y afecto.
Para despedirse, ambos hombres se fundieron en un cálido abrazo y Pagola abandonó el escenario en dirección al pasillo mientras era aplaudido por el público. El propio Fernán-Gómez y los suyos se unieron a la ovación. Dos señoras comentaban la escena mientras el aplaudido —y emocionado — Pagola pasaba junto a ellas.
—Es que ha sido todo un gesto por parte de este señor venir después de como le tratara Don Fernando.
—Ya lo creo. Y por eso, qué menos por parte de Don Fernando que salir de la caja a darle las gracias.
—Qué menos.
El aplauso no terminó al abandonar el recinto Javier Pagola, sino que se dirigió hacia Fernán-Gómez. Este se situó delante del féretro, en el centro del escenario, y alzo los dos brazos en forma de arco, invirtiendo uno y uniendo sus dedos para realizar un saludo ácrata. Luego, se dio la vuelta y se introdujo de nuevo en el ataúd para continuar con su muerte, no sin antes saludar con la mano a los suyos y darle un beso a Emma, que después colocó la bandera y la medalla nuevamente sobre el féretro. El acto, como la vida, seguía, pero ambos eran ahora menos tristes.
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