Esquela
—No creo que pase de esta noche, Manolo.
—No digas eso, Anita. ¿Tienes dolores? ¿Quieres que le diga al médico que te suba la morfina?
—No, no hace falta. Pero me siento morir.
—Chss. Calla.
—Haz lo que te he dicho. Que me incineren y luego busca un columbario para dejar las cenizas, que el Papa no deja que anden por ahí. Tú cásate, si quieres, pero que sea con una buena con los niños,¿eh? Vigila que estudien y acaben las carreras. ¡Estate encima, Manolo!
—Sí, no te preocupes por nada ahora. Descansa.
—'Ah! Y lo otro, lo de la esquela. Que no se te olvide, por favor.
—Vale.
—No pongas a Pepi en la esquela, ni se te ocurra. A tus hermanos ponlos con los nombres. Pero a las hermanas políticas sin los nombres. Ángeles me da igual, la verdad. Pero a esa lagarta de Pepi no la quiero en mi esquela. ¿Queda claro?
—Ya me lo has dicho muchas veces. No te preocupes por nada, Anita. No te alteres y relájate.
Dos días después.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...Lo siento, Señor, pero no se me da bien rezar. Ya ni me acuerdo ni del Padre Nuestro. Me resulta más fácil rezar sin oraciones. Te pido, pues, que le des paz a Anita. Era una buena mujer. Como todos, tenía sus fallos, sus cosas. Pero nunca le hizo daño a nadie, al menos un daño grave. Espero que...
—Chss...¡Manolo!
—¡¡Coño!! ¡¡Anita!! Madre mía, tengo alucinaciones.
—No, no tienes alucinaciones. Soy Anita.
—¡Pero si estás muerta! ¡Te hemos incinerado esta tarde!
—¡Ya sé que estoy muerta! Ahora soy un fantasma.
—Joder... ¿Y no podías estar tranquila con los otros difuntos?
—No cambies de tema, Manolo. ¿Qué te dije de lo de poner a Anita en la esquela?
—¡Menuda perra has cogido con eso!
—¡¡Es que te lo dije un millón de veces!! No sé, a veces parece que hablo con una pared.
—Yo estaba muy disgustado. Fueron mis hermanos los que se encargaron de la funeraria, las esquelas y esas cosas.
—Claro, y metieron a las mujeres. Y no lo digo por Ángeles, que la pobre es a la buena de dios. Pero a Pepi no lo puedo soportar. La odio.
—Pues lloraba mucho en el tanatorio, se la veía afectada.
—¡Qué va a estar afectada esa zorra! Todo teatro.
—¿Y ahora qué hago? Tú ya estás muerta y la esquela publicada.
—Mañana vas a la funeraria y que hagan una nueva sin esa víbora de Pepi.
—Mira, no. Paso.
—¿Quieres pasarte el resto de tu vida oyendo ruidos, con los muebles cayéndosete encima y con la casa oliendo a azufre?
—Joder. Está bien.
—No me engañes, ¿eh, Manolo? Mañana voy a estar atenta al periódico.
—Está bien. Oye, a propósito de Pepi. Hay otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Verás. Me ha pedido tu abrigo de visón.
—¡¡¿Qué?!! ¡¡Me cago en la puta hostia!! ¿Y qué le has dicho?
—Que sí, ¿qué le iba a decir?
—Noooooooooooooooooooooooo.
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