Divorcio
—Recuerdo que cuando le pedí a mi entonces novia que se casara conmigo los dos nos pusimos muy contentos, y le prometí que el día que le pidiera el divorcio estaríamos más felices aún. Desde un principio tuvimos las cosas muy claras, y decidimos casarnos civilmente porque por la Iglesia todo se complica con la nulidad: siempre es más fácil divorciarte si estás casado por lo civil. Por supuesto, el régimen matrimonial fue separación de bienes, cada uno sabiendo lo que era suyo, y también preferimos alquilar el piso y no comprarlo; así no tendríamos el problema con la hipoteca de cara al divorcio. Cuando llegaron los niños, les fuimos explicando que los matrimonios no son para toda la vida, como antaño, e incluso nos planteamos si nuestros padres, casados durante décadas, supondrían ejemplos adecuados para sus nietos. La verdad es que los años fueron pasando y nuestro matrimonio marchaba bien: teníamos una buena relación y nos queríamos, estábamos enamorados. Por supuesto, eso nos preocupaba, y por ello decidimos consultar con un psicólogo. Gracias a la terapia — la recomiendo — nos conocimos realmente como pareja y empezamos a advertir las primeras grietas, que progresivamente fueron ampliándose hasta que nuestro matrimonio se resquebrajó por completo. Así llegó el divorcio. Para nosotros constituyó una suerte de realización personal mientras que a los niños les pareció "muy guay", al dejar de sentirse diferentes por no ser hijos de padres divorciados. Hoy, mi ex y yo tenemos una relación estupenda, mejor que cuando estábamos casados, que era a lo que aspirábamos. Es verdad que los primeros tiempos tras el divorcio no fueron muy fáciles — aún quedaba algo de amor o lo que fuera — pero nos apoyamos el uno al otro y conseguimos superarlo. Esto es posible que se debiera a que rompimos precipitadamente, tal vez debimos preparar el divorcio con más antelación.
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