Tenía 26 años cuando se produjo la tragedia de Linares, y ya no quiso seguir viviendo. La vida sin Manolete no tenía ningún sentido para él. Así que se encerró en su casa sin volver a salir de ella salvo para asistir cada año al funeral del maestro. Ese día se vestía de riguroso luto (traje gris marengo, camisa blanca, corbata negra) y asistía compungido a la eucaristía por el alma de Manolete. El resto del año permanecía en casa, donde las horas las pasaba sentado en una silla, ya que había optado por el ascetismo — en una búsqueda de la perfección espiritual que le preparase para alcanzar el cielo — y consideraba utilizar el sofá una frivolidad, habiendo sustituido también su cama por un camastro de paja. Su novia le había abandonado, sus padres estaban muertos y solo su familia se preocupaba por él, llevándole alimentos y tratando de convencerle de las maravillas del mundo, aunque Manolete no estuviera en él.
No había manera. Vivía para sus recuerdos, siempre asociados a Manolete. Al principio, hojeaba revistas con fotos de faenas del matador, pero dejó de hacerlo porque le dolía mucho verle erguido y bravo frente al toro, sabiendo que finalmente había sido vencido por uno de ellos; que su figura, entonces indestructible, se había quebrado. El suicidio era una opción; desde luego, lo deseaba con toda su alma. Pero era un ferviente católico. Temía no ser acogido en el cielo, donde más que con Dios soñaba con encontrarse con Manolete e hincarse de rodillas ante él para besar sus manos, como había hecho en una ocasión a las puertas de la Maestranza, una tarde en la que Sevilla entera se había embriagado del aroma a triunfo y sangre que emanaba de la plaza.
Llegó a cumplir 100 años. Había llevado una vida tranquila, lo que favoreció su longevidad, pese a la pena que le afligía desde hacía más de siete décadas. El día que se hizo centenario acabó estallando contra Dios, con el que se había ido enfadando progresivamente por someterle al calvario de vivir en un mundo sin Manolete. Esa tarde decidió visitar la finca en la que había pasado los alegres veranos de su lejana infancia.
A los jornaleros les llamó la atención aquel anciano vestido de luto que se dirigía con una maleta a la entrada de la finca. Allí observaron el efusivo recibimiento de los dueños de la casa, que le acompañaron al interior ayudándole en sus torpes pasos. Aunque eran familia, habían acabado olvidándose de él, sin saber si vivía o no. Comieron todos entre la sorpresa y la alegría de reencontrarse con el pariente perdido, y este les deleitó con una sucesión de recuerdos y anécdotas - la mayoría de ellas referidas a la tauromaquia -, evitando mencionar a Manolete, puesto que temía emocionarse y romper en un llanto sin consuelo ni fin.
Tras el almuerzo, cuando todos dormían la siesta, se dirigió hacia el tentadero. Conocía bien la finca y no le fue difícil llegar al corral y desde allí atraer a uno de los toros bravos al interior, atrapando al animal al cerrar el portón. Luego, abrió la maleta y extrajo un viejo traje de luces que había pertenecido a su familia desde el siglo XIX, sin llegar a saberse nunca a ciencia cierta qué torero lo utilizó — ojalá hubiera sido Manolete —, y como buenamente pudo, se vistió de azul y oro. Tras desplegar el capote, salió a la arena del tentadero y abrió el cerrojo del cercado, observando oculto como el toro penetraba en el coso con fiereza. La luz blanquísima del sol refulgía en el lomo del astado. Era agosto, día 29, septuagésimo cuarto aniversario de la tragedia de Linares, un día de calor y pesar. Avanzó unos pocos pasos y agitó el capote para atraer al toro. Este se lanzó contra el rojo y empitonó al torero en el muslo izquierdo, haciéndole volar a más de un metro de altura. Tendido sobre la ardiente arena, estaba dolorido pero feliz, tan cerca de Manolete que podía verle inclinarse sobre él y sonreírle benévolamente. El toro no volvió a embestirle, como si respetara sus últimos momentos. Oía la respiración profunda y grave del animal. Notaba que había llegado la hora de reunirse con Manolete, como un árbol siente que empieza a morir cuando una bandada de buitres se posa en sus ramas.
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