Tortilla


Entre los aficionados a la buena mesa había adquirido prestigio en los últimos tiempos un plato que no suele ser considerado manjar — la tortilla de patata — y que curiosamente no ofrecía ningún restaurante de lujo, sino nada menos que un hospital. Esa tortilla empezó a celebrarse entre los pacientes y fue masivamente demandada — a veces con vehemencia —, lo que provocó sorpresa en la dirección del hospital.
Nadie conocía al creador de la tortilla, discretamente integrado entre el personal de cocina, pero fue inevitable que su nombre trascendiera. Se llamaba T. Era un tipo sencillo que no daba ninguna importancia a su creciente renombre. Por supuesto, T cocinaba otros platos, pero ninguno era tan bien recibido como su tortilla. Preguntado por el secreto, no sabía que contestar. Él simplemente preparaba los ingredientes.
Los pacientes daban a probar la tortilla a sus visitas y a estas les maravillaba. El personal sanitario también se interesó por ella y rápidamente fue incluida en el menú de la cafetería. La clientela de esta se multiplicó asombrosamente, al punto de verse obligada a reservar mesas con semanas, incluso meses, de antelación. La sorpresa de la dirección se convirtió en franca inquietud. El propietario de la cafetería fue obligado a eliminar la tortilla del menú, con la amenaza de que le sería retirada la concesión de no hacerlo. Los repentinos clientes se lo tomaron aún peor, registrándose incidentes que hicieron intervenir a la policía, estupefacta ante la rabiosa violencia que mostraban aquellos vándalos.
T se convirtió en alguien muy popular. Todos le querían. Personas a las que conocía de vista y también desconocidas empezaron a saludarle y parientes con los que no había tenido nunca relación lo incluyeron en sus eventos familiares. T se dejaba querer, pero le resultaba sospechoso que en cualquier reunión a la que asistiese siempre hubiera huevos y patatas esperándole.
El principio del fin para T tuvo su punto de partida cuando los responsables sanitaros se dieron un respingo con los datos del hospital. Los ingresos se habían incrementado sensacionalmente. En ocasiones eran dolencias fingidas pero también había cuantiosos casos de autolesiones y de Munchausen, con y sin poderes. No se tardó en averiguar que los aspirantes a pacientes pretendían ser alimentados por la tortilla de patata de T, convertido nada menos que en un problema de salud pública.
El director del hospital expuso al cocinero la situación y le pidió que dejase de hacer tortillas. Pero este se negó. Ya había cedido la vez anterior, pero ahora no. T se sentía complacido de poder compartir su talento para la tortilla con los pacientes. Por eso motivo había rechazado millonarias ofertas de empleo de afamados restaurantes; entendía que realizaba una función social en el hospital. El director se puso furioso y amenazó con despedirlo, pero T le respondió que eso no era posible puesto que no estaba contratado, sino que tenía la plaza en propiedad, al haberla conseguido en una oposición. Seguiría con su tortilla.
El aumento de ingresos llegó a oídos de la OMS, que dio un toque al ministro, y este movilizó a las cloacas del Ministerio de Sanidad. Poco después surgieron casos de graves intoxicaciones alimentarias en el hospital, produciéndose cinco muertes. Se investigaron, concluyéndose que la causa era la tortilla de T, que contenía pequeñas pero mortales dosis de producto tóxico. Inmediatamente se presentó una denuncia en la comisaría de Policía, siendo T. detenido, juzgado y condenado. Por supuesto, era totalmente inocente, víctima de un siniestro plan.
En la cárcel T se sentía deprimido, sobre todo por la injusticia que sufría. Además, había comprobado que los amigos repentinos que le habían surgido en sus días de gloria ahora eludían responder a sus llamadas y a sus cartas, y jamás le hacía ninguna visita. Estaba totalmente solo. Pero por suerte aún contaba con un aliado: la tortilla de patata.
T solicitó y consiguió un trabajo en la cárcel como cocinero. El director fue inicialmente reluctante precisamente por cumplir condena por un delito contra la salud pública, pero habida cuenta de que no estaba a su alcance ningún producto tóxico, accedió. Influyó mucho en su decisión las presiones de numerosos internos, conocedores de la fama de la tortilla de T.
T se convirtió en un preso privilegiado. Sus compañeros estaban encantados con la tortilla, que se incluyó diariamente en el menú. Los funcionarios, que también la comían con entusiasmo, le favorecían siempre que podían, planteándose seriamente la dirección de la cárcel concederle permisos antes de que le correspondiese. T recibía protección por parte de los presos más violentos, aunque no había necesidad de ello. Era muy popular.
Por desgracia para T las cosas volvieron a torcerse. La fama de su tortilla traspasó los muros de la cárcel, como había sucedido en el hospital, y comenzaron a ingresar nuevos reclusos en un número alarmantemente alto. Los delitos aumentaron espectacularmente: atracos, robos, agresiones, incluso homicidios. Y todo era debido a la tortilla de T. Esto se comprobó debido a que una vez condenados los delincuentes pedían ser enviados a la misma cárcel que T. Aquello era una locura. Incluso unos etarras habían renunciado a ser trasladados a una prisión en el País Vasco.
El ministro de Interior no podía creer que una "puta tortilla" fuera el origen de la mayor crisis de seguridad ciudadana de la historia reciente. Se reunió con el responsable de Instituciones Penitenciarias y se decidió apartar a T de la cocina de la cárcel. Esta vez aceptó con docilidad. En buena medida estaba un poco harto. Era una hombre bueno que simplemente pretendía alegrar la vida a los demás con su tortilla, pero nunca pensó que esta le iba a traer tantos problemas. Por su parte, el ministro ansiaba que esa crisis finalizase; además, se había planteado proponer en el Consejo de Ministros que los cientos de delincuentes enajenados — ciudadanos ejemplares hasta entonces — por la tortilla fueran indultados.
Pero las cosas no iban a ser tan fáciles. La expulsión de T de la cocina causó un enorme malestar entre la población reclusa. Alguien concibió la idea de proporcionarle los ingredientes y un par de fogones para que hiciera tortillas en su celda. Sin embargo, un chivato alertó a los funcionarios y el plan fue abortado. Aquello propició incidentes que dieron lugar a un violento motín que abrió todos los noticiarios. Los amotinados solo tenían una petición: que volviera la tortilla de T. Si no se cumplía, se derramaría mucha sangre, según advirtieron a los negociadores.
Aunque molestos por ceder a la exigencia de los rebeldes, las autoridades accedieron al retorno de T a la cocina y prometieron derivar a los nuevos presos a otras cárceles.
La vida en la cárcel volvió a ser como antes. T continuó con su tortilla, cuya elaboración había perfeccionado. Ahora estaba más buena que nunca, pero T seguía sin desvelar su secreto. "No hay ningún secreto. Solo huevos y patatas, nada más" respondía con humildad.
Pero los problemas regresaron. Al pasar el tiempo y dada su buena conducta, T podía acceder al tercer grado. Los compañeros internos se mosquearon. Si T solo pernoctaba en la cárcel, ¿cuándo hacía las tortillas? Mira, NO. T debía continuar en la cárcel. Así fue que una noche los funcionarios irrumpieron en su celda para un registro, hallando oculto en el falso techo un importante alijo de heroína. Adiós al tercer grado e inminente juicio y condena por tráfico de drogas.
En la soledad de su celda T reflexionaba cómo su don se había convertido en una maldición. ¿Por qué le sucedía todo eso? Él no podía entender por qué el mundo estaba loco. Hasta ahora se había mostrado ambivalente en su actitud — sobre todo por la locura que rodeaba a su tortilla —, pero decidió tomar una decisión firme: negarse a hacer más tortillas. Esto enfadó considerablemente a los otros reclusos. Sufrió insultos, amenazas y agresiones, por lo que le trasladaron a una celda de aislamiento. En aquel oscuro lugar se confirmó a si mismo que los amigos surgidos entre los carceleros y los reclusos no eran tales amigos, lo que siempre había intuido pero se negaba a aceptar. Y fue en aquella celda de aislamiento donde decidió aislarse para siempre de todo. Estaría solo pero tranquilo. Nadie volvería a decepcionarle.
Por suerte, T no era la única persona decente en el mundo. Una juez investigó profusamente la denuncia por tráfico de drogas y decidió no procesarlo. No le parecía convincente que T fuera un traficante. Por tanto, T pudo acceder al régimen de semilibertad. Solo dormiría en la cárcel, y pidió hacerlo en aislamiento.
Cuando alcanzó la libertad completa, T se fue a una ciudad en la costa con la intención de pasar desapercibido entre los turistas. Evitó buscar trabajo en ninguna cocina, optando por emplearse de camarero, curro muy ofertado, y alquiló un pequeño apartamento. Allí, por la noche, tras acabar su jornada, T se sienta en la mesa junto a la ventana de la cocina, logrando atisbar un cielo en el que suelen abundar las estrellas. Allí cena su tortilla. Nunca le había parecido tan buena, creía que la gente exageraba, pero últimamente ha empezado a valorarla. Aunque había planeado pasar solo el resto de su vida, piensa que tarde o temprano buscará compañía. Cree que el hombre es un ser social por naturaleza, que necesita amar y ser amado, sentirse querido. Aunque nuevamente le engañen, sabe que volverá a hacer tortillas para otros.

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